Recibir un elogio por parte de alguien que merece nuestra admiración provoca una extraña sensación de entumecimiento. No se está seguro de si hay que seguir haciendo las mismas cosas que el día anterior o, de alguna forma, nuestro estatus en el mundo ha cambiado.
Un lugar en la red, Luminosa lentitud de la impureza, tiene el buen gusto de compartir con quien quiera pasarse por allí, entre otras cosas, una desprendida erudición y una ficción exquisita. Lo sostiene la firma de Hadrian Bagration, que, me atrevo a deducir, es un pseudónimo. Por tanto se trata de un autor y de un lugar que realmente merecen el halago, que generosamente se me otorga, por cada uno de los términos que aplica a este blog y a quien lo firma, superándolos con creces.
En la intimidad pocas cosas resultan más rentables que la lectura. El lector no requiere recompensa ni reconocimiento, le vienen dados por añadidura con el disfrute de los libros. Escribir sobre las lecturas es algo bien distinto, aunque puede parecer una inocente actividad: volcar en papel aquellos sentimientos que el autor de una novela ha logrado transmitir. En realidad, en el fondo de todo ello reposa el polvillo apenas disimulado de la vanidad, tal vez el defecto más explosivo, más volátil, del ser humano. Firmar lo escrito con pseudónimo no es sólo una coraza que impide un ego más henchido de lo conveniente, es un parapeto tras el que ocultarse después de escribir torpes pensamientos con palabras torpes.
Muchas gracias por su muy amable mención, Hadrian.