Por
fin lo tengo claro. No voy a
escribir la novela que tengo en mente. Ustedes se lo pierden porque iba a ser
una obra maestra. Lo malo es que sé de muy buena tinta que una vez publicada,
la chusma iba a descargar de Internet el doble de copias que los ejemplares que
pudiera vender. ¿Cómo lo sé? Eso me lo callo. Lucía y yo lo sabemos.
Lucía Echevarría deja de escribir
novelas. Aparte de agradecérselo como lector, me pongo a escribir sobre este
“Notición” por el razonamiento que expone la susodicha famosa para dejar la
literatura. El domingo, 18 de diciembre anuncia en su perfil de Facebook:
«Dado que he comprobado hoy
que se han descargado más copias ilegales de mi novela que copias han sido
compradas, anuncio oficialmente que no voy a volver a publicar libros en una
temporada muy larga. No al menos hasta que esta situación se regule de alguna
manera. A mí no me apetece pasarme tres años trabajando como una negra para
esto. Si quiero regalar novelas, haré copias para mis amigos en plan Sebastian
Venable.»
Tras la publicación de esta nota
las reacciones de la gente no se hicieron esperar. La inmensa mayoría
consideraban insultante la actitud victimista. A ellas, la famosa contesta con
un largo e incongruente comunicado que provoca vergüenza ajena. De pasada
vuelve a insistir en el motivo que esgrimió como el principal para dejar de
escribir novelas.
Obviando la imposibilidad de
establecer una relación clara entre Lucía Echevarría y Literatura, entramos de
lleno, con sus palabras, en el debate falaz abierto por las multinacionales
de la cultura, que poniendo en primera línea a sus contratados mejor
pagados, dispuestos ellos a recibir las tortas dirigidas a sus señores,
despliegan todos sus medios y poder con un fin único: el control de la Red,
verdadero y único lugar donde la libertad se muestra tal como es.
Todo intento de injusticia
comienza por manipular los hechos. Todo intento de manipulación de los hechos
comienza por tergiversar el significado de las palabras, por manipular el
lenguaje. Confundamos pues “Piratear” con “Copiar”. Confundamos nuestra
conveniencia con la Ley. Confundamos industria con cultura.
Antes de Internet, la gente se
pasaba los discos de vinilo para grabar su música en cintas magnetofónicas.
Antes de Internet se prestaban las novelas entre amigos y familiares. Eso no
era, ni es, infringir los derechos de autor. Con la informática la copia y el
préstamo se hacen de manera más cómoda para el consumidor. Pero resulta que la
tecnología sólo debe valer para abaratar costes de producción a cambio de un
desorbitado precio del producto, interviniéndolo si fuera necesario*. Por su
parte el consumidor final, no puede, no debe beneficiarse de esta tecnología
de manera libre y gratuita. Debe pagar lo que las empresas del sector apoyadas
por el poder político establezcan, pisoteando cualquier atisbo de libertad.
Lo primero que me vino a la mente
después de leer la infame nota fue: ¿por qué Lucía Echevarría no ha averiguado
cuántos préstamos y desideratas hay registrados de su última novela en las
bibliotecas públicas de España? Según su razonamiento cada uno de ellos es un
ejemplar menos que vende. Seguro que es un dato más fácil de conseguir y por
supuesto mucho más fiable que el de la cantidad de copias descargadas.
Tal vez sea hora de ir entrando
en la escabrosa cuestión de las bibliotecas de acceso público. Allí también se
presta música.
Esta señora es lo menos
importante de todo lo dicho aquí. Lo verdaderamente fundamental es la lucha
constante contra el permanente intento de los poderes, económico y político, de
hacerse con el control absoluto de la Red.
De todo esto saco en claro una
cosa: cuando me pregunten por las novelas que he escrito ya no tengo que
disimular diciendo aquello de «…una o ninguna». No escribiré ninguna y punto.
No, hasta que la situación se regule garantizándome que todos y cada uno de
aquellos que quieran leer mi genial obra, la compren obligatoriamente.
Como ha escrito hace poco un novelista español
situado en plena cresta de la ola:
«…piensa que ha llegado la hora de que los escritores empiecen a decir
algo humilde y bonito, algo sano. Quiero ser leído.»
Para ser sincero
debería haber añadido: «…únicamente por
alguien que
compre mi libro, no faltaba más.»
*(Ley 10/2007, de 22 de
junio, de la lectura, del libro y de las bibliotecas)
