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30 de diciembre de 2011

MIS SEIS MEJORES LECTURAS DEL AÑO 2011

Aún he leído menos que el año pasado. Si pongo en la lista unos pocos libros más enumero al completo mis lecturas del año 2011. Me dejo de lloriqueos y relaciono la lista de mis seis mejores lecturas del año.
1ºZAMA, de Antonio di Benedetto.
2ºLOS HERMANOS TANNER, Robert Walser.
3ºCIUDADES DE LA LLANURA, de Cormac McCarthy.
4ºDOCTOR GLASS, de Hjalmar Soderberg.
5ºSUITES IMPERIALES, de Bret Easton Ellis.
6ºHOMO FABER, de Max Frisch.
                      

2 de diciembre de 2011

SUITES IMPERIALES, de Bret Easton Ellis


Una persona muy querida para mí cuenta que cuando era pequeña con la merienda le daban té con leche, a pesar de que a ella no le gustaba. Una tía suya siempre le repetía lo mismo: “Niña, bebe té, que beber té es muy elegante.”
Permítanme que les diga algo parecido. Lean a Bret Easton Ellis. Leer a Bret Easton Ellis es muy elegante. Hagan ostentación de ello. Paseen por la calle con un libro suyo a la vista. No vayan a hacer como un conocido mío, que apareció en la Plaza del Salvador, donde quedamos para tomar unas cervezas, con un voluminoso ejemplar de Sexus, de Henry Miller. No confundamos pretensión con elegancia.

Ellis es sinónimo de elegancia porque es un señor inteligente que pone su inteligencia al servicio de la literatura. Nos ofrece su talento, lo que es todo un honor para el lector, convirtiendo la infame clavada que supone el precio de los libros en España en algo leve, llevadero.

Suites imperiales vuelve al ambiente de la alta sociedad contemporánea, esa que corta el bacalao, la que decide lo que se ve en cine y en televisión; la que determina qué se va a leer, qué hay que comprar o qué canción hay que oír. La alta sociedad de la cultura y el espectáculo, en fin. Algunos tics de American Psycho permanecen en esta novela. Benditos tics de genio.
Easton Ellis lo que hace es plasmar el estatus de esta gente a través de la vida de un minúsculo grupo formado por un productor, un chulo y un par de actrices con gran predicamento en las camas del sector. Con estos mimbres, el autor monta una increíble trama de poder, crimen y sexo que va inundando lentamente la historia. El horror. El horror al alcance de la mano, edulcorado con una fina y aparente película, entiéndase: dinero y fama. Sicarios mejicanos secuestrando y torturando a personas que pocas horas antes se codeaban con la élite del glamour y la industria cultural de la Costa Este de EE.UU.
Sólo un inconveniente: nombres. Un bombardeo de nombres de personajes cae sobre el lector, quien sólo después de bien entrado en materia logra situarlos y ponerles cara.

Novela corta, narrada en primera persona con un estilo neutro pero directo, con diálogos precisos y ágiles. Casi sin solución de continuidad la acción se enlaza en párrafos cortos, que llenan la novela sin acotación de capítulos, lo que le infiere dinamismo.

«Miro el reloj. Me he dejado la tarde libre. La actriz vacía la copa de champán. Un camarero atractivo y atento se la llena de nuevo. Yo no he pedido nada para beber porque algo más está surtiendo efecto. Necesito llevar esto al siguiente nivel si quiero que salga bien.
         –¿Estás contento? –pregunta ella.
         –Sí –respondo sobresaltado–. ¿Y tú?
         Ella se echa hacia delante.
         –Podría estarlo.
         –¿Qué quieres hacer?
         La miro directamente a la cara.
         Pasamos una hora en el dormitorio de mi apartamento de la planta quince del Doheny Plaza. Eso es todo lo que hace falta. Luego ella dice que se siente desconectada de la realidad. Le digo que no importa. Me sonrojo cuando me dice que tengo unas manos bonitas.»
        
Quien empieza a leer este libro queda embebido por la historia.
Lean a Bret Easton Ellis. Y presuman de ello.

30 de diciembre de 2010

LOS SEIS MEJORES LIBROS RESEÑADOS EN 2010

Durante el año 2010 he leído menos de lo que hubiera querido. Bien está lo que hay. Estos son, sólo según mi criterio, mis seis mejores lecturas de este año que, a la fecha de esta entrada, acaba en breve.
1º LA CARRETERA, de Cormac McCarthy.
2º MERIDIANO DE SANGRE, de Cormac McCarthy.
3º AMERICAN PSYCHO, de Bret Easton Ellis.
4º LAS COSAS DEL CAMPO, de José Antonio Muñoz Rojas.
5º FAHRENHEIT 451, de Ray Bradbury.
6º HOGUERAS EN LA LLANURA, de Shoei Ooka.

11 de noviembre de 2010

AMERICAN PSYCHO (Bret Easton Ellis)


Bret Easton Ellis nació en 1964, en Los Ángeles. Fue encuadrado en un artificioso grupo de elegidos denominado Generación X, nombre tomado de la novela homónima de Douglas Coupland, que por cierto leí en su momento y de la que sólo me queda el recuerdo de unos protagonistas muy jóvenes trabajando en Japón en el sector de la publicidad. No me desagradó aquella lectura.
Con un narrador protagonista en primera persona, Bret Easton Ellis plantea una historia directa. Hecho tras hecho. Acto tras acto. Los acontecimientos se suceden sin descanso. El lenguaje es directo, con frases cortas y diálogos muy ágiles, desordenados en sus réplicas y a veces sin sentido aparente aunque definidores del tipo de gente que protagoniza la novela. Estos diálogos son la munición más letal que Ellis usa para criticar a la élite de aquella época, finales de los ochenta, en la que el dinero ejerció una atracción sin precedentes sobre toda una generación de jóvenes que querían ser millonarios antes de cumplir los treinta. Eran admirados y respetados. De hecho, apostaría a que si hoy volvieran a surgir ese tipo de jóvenes, también serían muy respetados y admirados. El dinero y el hombre no cambian.
De todo aquello, algo queda. Como algo queda de la trasgresión musical de Elvis en los años cincuenta, del movimiento jipi de los sesenta o incluso de la tradición romántica del siglo XIX. Somos caracteres producto del constante cúmulo de restos de nuestra cultura.
Ellis hace de la novela un continuo alarde de inteligencia. La importancia del título es, tal vez, el mejor ejemplo.
American Psycho:
Sólo con el título el lector tiene la información fundamental: el protagonista es un asesino. Incluso antes de matar a nadie, cualquier mención que haga de un miembro u órgano humano almacenado en su frigorífico, no provocará extrañeza en el lector.
El autor narra una historia comenzada tiempo atrás. El lector se incorpora a ella en plena marcha.
Maniático de la moda y de la ropa cara, Patrick Bateman reconoce la marca del vestuario de todos aquellos que le rodean o se cruzan con él. De hecho, una característica de la novela es el detalle minucioso que continuamente hace el protagonista del vestuario de los personajes.
El culto al cuerpo también es llevado al extremo. Varias horas diarias de gimnasio y el cuidado y aseo de la piel, la manicura, rayos “UVA”, peluquería… El paraíso de la apariencia: soy joven, tengo dinero y soy guapo, ¿quién me supera?
Hasta casi la mitad del libro, Easton Ellis consigue plasmar la locura contenida del protagonista y poco a poco introduce su cara más tenebrosa y sádica. El detalle con que cuenta el protagonista sus estados de ánimo, unido a sus reacciones físicas, fisiológicas, consigue que el lector se haga una idea clara del estado mental del protagonista.
American Psycho se publicó en el año 1991. El momento justo. Su éxito fue atronador.
El relato es aterrador en determinados pasajes. Explícito siempre, tanto en las escenas de sexo como en la narración de los crímenes. La violencia narrada de manera tan expresa, no trata más que de transgredir los parámetros estéticos y narrativos del momento. Hoy ese debate está más que superado, precisamente porque entonces, en la fecha de publicación de la novela, se mantuvieron enfrentamientos agrios y violentos. Estos pasajes en el tramo final de la novela son de tal dureza, que su lectura se hace difícil.
Por ejemplo: unas páginas después de relatar la tortura, vejaciones y asesinato de dos chicas, vienen veinte páginas de ágil pero frívolo diálogo a tres bandas sobre qué restaurante elegir para hacer una reserva para la cena. Es decir, que el lector aún no se ha recuperado de las traumáticas escenas cuando es devuelto al hedonismo más superficial e inofensivo. Ellis lo introduce en la piel del psicópata. No es agradable, pero resulta admirable la pericia con que el autor lo consigue.
El caos mental del protagonista llega a su cenit en plena ebullición del mencionado tramo final. Aquí ocurre algo muy interesante: el narrador protagonista en primera persona pasa a ser, sin solución de continuidad, narrador omnisciente en tercera persona.
… la descarga de adrenalina me hace jadear y sólo consigo avanzar unas cuantas manzanas de casas, en parte debido al pánico que me domina, pero fundamentalmente debido a la sangre, sesos, trozos de cabeza que cubren el parabrisas, y apenas consigo evitar el choque contra otro taxi en la esquina de Franklin –¿es Franklin?– con el Greenwich, torciendo violentamente hacia la derecha, y paso rozando el costado de una limusina aparcada, luego meto marcha atrás, avanzo chirriando por la calle, conecto los limpiaparabrisas, dándome cuenta entonces de que la sangre del cristal está por dentro, por lo que intento limpiarla con la mano enguantada y avanzo rápidamente y casi a ciegas por el Greenwich hasta que pierdo el control por completo y el taxi se desvía y alcanza una tienda coreana, cerca de un restaurante karaoke que se llama Lotus Blosoon en el que había estado con unos clientes japoneses, mientras el taxi derriba los estantes de fruta, atraviesa una pared de cristal, el cuerpo del cajero choca contra el capó, Patrick trata de meter la marcha atrás, pero no entra, se baja del taxi, se apoya en él, sigue un silencio en el que se impone el nerviosismo.
–Buena la has hecho, Bateman –murmura, mientras sale cojeando de la tienda, mientras el cuerpo del capó se queja, agonizando, Patrick no tiene ni idea de dónde ha salido el policía que se le acerca corriendo desde el otro lado de la calle y grita algo por un transmisor portátil, creyendo que Patrick está aturdido, pero Patrick le sorprende echándosele encima antes de que el policía pueda sacar el arma y los dos caen juntos en la acera…

Un par de páginas después vuelve el narrador protagonista en primera persona, tal como desapareció.
… saludando con la cabeza a Gus, “nuestro vigilante nocturno”, firma y se dirige al ascensor, a las plantas superiores, hacia la oscuridad de su piso, recupera por fin la calma, seguro en el anonimato de mi nueva oficina, capaz, a pesar del temblor de manos, de coger el teléfono inalámbrico, mirar mi Rolex, exhausto, y los ojos caen sobre el número de Harold Carnes, marco lentamente la siete cifras…
En American Psycho, los personajes no reconocen a nadie. Toda la novela se la pasan equivocando nombres y preguntándose si aquel que entra en el restaurante es Mengano de la firma Tal & Tal o si ese de la barra es Fulano de Cual & Cual.
En la selva nadie conoce a nadie. Desaparecer y ser olvidado. Sólo se recuerdan las tarjetas de visita.
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