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10 de enero de 2012

CABALLO EN EL SALITRAL (Antonio di Benedetto)

Los buenos libros de cuentos me empiezan a parecer insuperables como modo de entretenimiento y como disfrute de la buena literatura. Los cuentos bien escritos están exentos de caídas en la tensión narrativa, de subidas excesivas, de descripciones tediosas… y sobre todo de páginas. Están exentos de la sobreabundancia de palabras. Leer una serie de cuentos publicados por un señor que sabe escribir es algo insuperable. Este es el caso.

Caballo en el salitral.
Comprado en Iberlibro.
Editorial Bruguera, colección Libro amigo.
Diez euros, gastos de envío incluidos.
Inductor: Hipólito G. Navarro (mejor escritor vivo de cuentos en español), con quien tuve el placer de mantener una breve correspondencia, en la que mencionó su reciente lectura de este libro. Toda una provocación. No dudé un instante y me puse a buscarlo.

Caballo en el salitral no tiene prólogo. Como preámbulo a los cuentos se insertan tres cartas dirigidas al autor con motivo de la publicación del cuento titulado Aballay, incluido en esta recopilación. La primera carta es de Borges. La segunda, de Julio Cortázar y la tercera de Múgica Laínez. Esta introducción es suficiente para comprar el libro. Leer estas cartas es toda una experiencia. Es la correspondencia atenta y educada entre conocidos, más o menos amigos, todos ellos Historia de la Literatura en español.

El libro lo componen 14 cuentos.

No, el primer cuento, es magistral. No recuerdo otra ocasión en la que un título forme parte tan fundamental de la estructura del propio relato. Este cuento es una historia de amor que comienza así:
«Más puntuales los sueños que los recuerdos, me visitaron para decirme que, por tercera vez, se cerraba el ciclo de los años de su ausencia.»
El cuento que da título al libro es el siguiente. Caballo en el salitral. Un cuento abrumador que deja en el lector una extraña percepción de la muerte. El autor consigue descifrarla como algo natural y nada excepcional transmitiendo la secuela de una sensación liviana y reposada ante el desenlace irremediable.
Aballay es el tercer cuento. Una auténtica genialidad. Un vagabundo quiere hacer penitencia imitando al estilista Simón.
En Felino de Indias, el autor resuelve la historia con un cruce de miradas. El juicio de Dios trae al lector el leimotiv de la escritura de Di Benedetto: el absurdo de la existencia. En Pez, hace ver el delicado equilibrio que soporta la más tierna fidelidad…

El lector se encuentra con un lenguaje familiar, conocido; el lenguaje que aún se puede oír en muchos pueblos andaluces. Un lenguaje inalcanzable pero completamente inteligible. Frases y expresiones inverosímiles, de una belleza y una precisión matemáticas.
«En una trocha tropieza con cuatro indios mansos. Desprendidamente le ofertan pescado que a poco hiede. Está crudo, lo transportan en canastas de totora expuestas al sol, a campo traviesa, para feriar en poblado. Aballay no acepta, pero retribuye la intención: de sus alforjas les provee dos puñados de sal.»

Así, di Benedetto se me desvela también como un excelente cuentista.

30 de diciembre de 2011

MIS SEIS MEJORES LECTURAS DEL AÑO 2011

Aún he leído menos que el año pasado. Si pongo en la lista unos pocos libros más enumero al completo mis lecturas del año 2011. Me dejo de lloriqueos y relaciono la lista de mis seis mejores lecturas del año.
1ºZAMA, de Antonio di Benedetto.
2ºLOS HERMANOS TANNER, Robert Walser.
3ºCIUDADES DE LA LLANURA, de Cormac McCarthy.
4ºDOCTOR GLASS, de Hjalmar Soderberg.
5ºSUITES IMPERIALES, de Bret Easton Ellis.
6ºHOMO FABER, de Max Frisch.
                      

12 de abril de 2011

EL HACEDOR DE SILENCIO (Antonio di Benedetto)


“El hacedor de silencio”, me gusta el título con que Plaza y Janés publicó esta novela. No obstante, hay que reconocer que tal vez sea más acorde con el contenido, el título (más hispanoamericano) de la primera edición: “El silenciero”.
Estructurada en cortos pasajes y con apenas doscientas páginas, es un libro que se lee sin esfuerzo.
Di Benedetto continua con su kafkiana fijación por lo absurdo. En esta ocasión el comportamiento humano, revestido de absoluta normalidad, de un razonamiento aparentemente cabal, se pone en evidencia de tal modo que se muestra como la causa de ridículas situaciones y de fatales desenlaces.
Nuevamente la atrayente prosa de di Benedetto enriquece la sencilla historia, una trama con pocos personajes, que se mueven en un pequeño círculo de relaciones y paisajes que conforman sus vivencias.
“El hacedor de silencio” da muestras claras de que quien escribe no es un autor más. Di Benedetto, a medida que se lee, va dejando una estela apenas perceptible, que provoca en el lector una confusa sensación que le hace creer que por fin conoce las respuestas.
Detalles que me parecieron geniales en McCarthy resulta que ya estaban en una pequeña novela publicada hace más de cuarenta años. Tristemente para él, di Benedetto escribía en español, pecado imperdonable en nuestro mundo hispano, que del anglosajón coge a toneladas desperdicios y retales inservibles.
«Besarión ha venido. Mi madre no sabe si permitirle que me vea en cama y magullado. Lo deja en la vereda y viene a consultarme. Que pase.
Pasa.
»

8 de marzo de 2011

ZAMA, de Antonio di Benedetto


Antonio di Benedetto nació el año 1922 en Mendoza, Argentina. Murió en Buenos Aires el diez de octubre de 1986. Su vida profesional transcurre dedicada al periodismo, llegando a ser responsable de algunas publicaciones importantes de su país. En época del dictador Videla fue detenido y torturado. Durante varios años vivió exiliado en España.

No sabía de este autor hasta que leí una excelente reseña de David Pérez Vega.
Como un adolescente que descubre el lenguaje de Quevedo o el tono de Cervantes, así se disfruta de la escritura de Antonio di Benedetto. Sobre todo impresiona el uso inesperado de algunos verbos, que sorprende al lector con expresiones que parecen no haberse escrito nunca antes; es la herramienta maestra que permite que la novela funcione como una máquina precisa aunque sin perder el regusto artesanal.
La historia se inicia con la apariencia de una narración en primera persona. Finales del siglo XVIII, un corregidor cuyo trabajo le ha confinado en una pequeña ciudad, apartada de la capital, cuenta su vida mientras espera la llegada de su sueldo y de un nuevo destino más cómodo y cercano a su familia.
De una trama más o menos lineal en la primera parte, el autor nos introduce en un extraño ambiente, mezcla a partes iguales de novela picaresca del siglo XVI y de novela kafkiana del siglo XX. Al final del libro, la traición, el dolor, la tortura y el absurdo de la existencia, toman forma como desenlace de la historia.
«Me pregunté, no por qué vivía, sino por qué había vivido. Supuse que por la espera y quise saber si aún esperaba algo. Me pareció que sí.
Siempre se espera más.
Sin embargo, esto lo discernía mi entendimiento; pero, con prescindencia de él, estaba entregado a una bruta inercia, como si mi cuota estuviese por agotarse, como si el mundo fuera a quedar despoblado porque yo no iba a estar más en él.
»

La lectura de Zama me ha hecho sentir culpable. Culpable de no haber leído durante años literatura hispanoamericana de la segunda mitad del siglo XX. Ni Vargas Llosa me salva de la falta, pues aún me quedan novelas como La guerra del fin del mundo o Conversación en la catedral.
Di Bendetto me trajo a la memoria el español culto de América, entre cantarín y espectacular, siempre preciso, siempre perfecto. Me trajo a la memoria la profunda impresión que me produjo Cien años de soledad y el pecado de una relectura pendiente. Me sobrevino la culpa por Casa de campo, de José Donoso, pendiente de leer desde hace años. Recordé el sabor acre del sudor en la húmeda selva de La casa verde y la culpa de no haber leído aún a Manuel Puig…
Imperdonable.

El libro tiene dedicatoria; incluso viene especificada la página en el índice. «A las víctimas de la espera.»
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