Enrique Rubio publicó esta novela con
veinticinco años. Hoy día, tal como está la cosa, tener en las manos una novela
escrita por un joven de esta edad despierta diferentes sentimientos: esperanza,
ternura, admiración… Mezclados producen una extraña sensación que conduce a la condescendencia. Pero
con veinticinco años ya se es un adulto. A pesar de que consagrados escritores
maduritos escriban tan mal, conviene recordar que Thomas Mann escribió Los
Budenbrok con veintiséis años, por ejemplo.
El libro comienza con un prólogo de
Lorenzo Silva. Se titula “Una novela 2.0” . Detesto los prólogos porque muchos de
ellos están escritos sin el menor respeto por el lector, destripando la
historia sin compasión. He leído pocos, pero me niego en redondo a leer uno con
ese título. No sé que cuenta.
Debo decir que la novela está escrita con
desparpajo, narrada con ritmo ágil y con un lenguaje sencillo e ingenioso.
Abundan las reflexiones ocurrentes que dejan ver un asomo de inteligencia esperanzador,
ya digo. Me he divertido por momentos y no me ha
costado demasiado trabajo llegar hasta el final. Incluso tiene momentos muy
buenos. Destaco, sin ninguna duda cuando el protagonista, un hikikomori sui generis, se ve obligado a salir de
casa para comprar comida. El pasaje del supermercado es excelente.
La juventud es algo que se cura con los
años, es cierto. La vehemencia y el cúmulo de ideas pugnando por salir pueden
producir un torrente de información que, aunque esté bien traída, podría dar
por sí sola para una historia aparte.
Entiendo que la novela se extiende
demasiado. No es necesario escribir quinientas páginas. Mi opinión personal es
que la novela contemporánea no debe pasar de doscientas páginas. Borges decía
que La invención de Morel, de su
amigo Bioy Casares, tenía la extensión que debía tener toda novela. Así, llegado
al último tercio de la historia, el lector termina por percibir cierta
reiteración e insistencia en las fobias y manías del protagonista y las maneras
de exteriorizar su miedo. Por otro lado, semen y caca, si se repiten demasiado
en la narración terminan por producir hastío e indiferencia.
Cuando no se aporta nada nuevo, el lector
puede sentir que pierde el tiempo, y se enfada. Este detalle es muy sutil pero
no hay que enfadar al lector.
La novela de Rubio termina cerrando el
círculo que abre, volviendo al comienzo con pequeñas variaciones que en
absoluto cambian lo sustancial del punto de partida.
Ha sido interesante. Esperemos la segunda
novela de este autor. Aunque opino que sólo se escriben novelas sólidas a
partir de los treinta y cinco, grandes novelas a partir de los cincuenta y
obras maestras a partir de los sesenta.
No puedo reprochar nada a Carlos González
por su recomendación.
«No
le cuento que un videojuego no envejece. Los gráficos son siempre iguales, no
destiñen ni se desconchan. Las voces nunca se ponen afónicas. Los personajes no
cumplen años, no se estropean. O funciona o no funciona, pero no se degrada.
Como los sueños tampoco envejecen. O sueñas o no sueñas.»