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6 de febrero de 2011

EL REGRESO DE CONEJO (John Updike)


Segunda entrega de las cuatro que componen las aventuras de Harry Angstrom, el más famoso personaje de los creados por John Updike.
No es fundamental leer la primera novela de la serie (Corre, Conejo) para continuar con esta. Sí ayuda su lectura para entender sobre la marcha determinadas actitudes y ciertos reproches que dejan caer los personajes. Pero, como digo, quien no haya leído la novela anterior no tendrá ningún problema para disfrutar de El regreso de Conejo.
La profundidad con que narra Updike, su conocimiento de los personajes hasta límites casi innecesarios, la descripción del paisaje, de las calles de Brewer, cómo cuida su retrato y su evolución en el tiempo, y todo ello superpuesto en el complejo trasfondo social que el autor disecciona sin remilgos ni pacatería, hacen de El regreso de Conejo una auténtica obra de arte. Se entiende, leyendo esta novela, que John Updike sea considerado como uno de los más grandes novelistas estadounidenses del siglo XX. Y digo esto sabiendo que de las dos novelas que me quedan por leer de la serie son sendos premios Pulitzer. Es decir, que es de esperar que el nivel suba, pero ¿se puede?
El hombre llega a la Luna, la nave Soyuz anda por ahí danzando, Nixon hace pocos meses que ha jurado el cargo de presidente de los EE.UU y la guerra de Vietnam sigue activa. Conejo, un señor perteneciente a la clase media-apretada, entra, casi sin darse cuenta, en un submundo conocido pero lejano. Su mayor acercamiento era la mirada que echaba desde la ventanilla del autobús a su paso por determinados barrios. Y es que con solo una pequeña zancada, se traspasa la seguridad del propio entorno y se entra en otro que ni en la peor pesadilla se hubiera soñado cruzar. Así de cerca se está de lo peor. Dimensiones habitadas por personajes de periódico y actores de noticias de sucesos.
Y además, esos detalles nimios, superfluos, estúpidos, que resalta en medio de una acción, se convierten en auténticos alfileres de color que atraen nuestra atención por la importancia que tienen. Esos alfileres, a pesar de su aparente fragilidad, son los que mantienen la fuerza del pasaje. Por otro lado, la evolución de los personajes a lo largo de toda la historia es la evolución de su pensamiento, la derrota de sus prejuicios, que no percibimos a lo largo del relato, sólo cuando hemos cerrado el libro y reflexionamos sobre lo leído.
Escritura densa. El tiempo avanza lento. La continua introspección de los personajes, no sufre altibajos ni desvanecimientos a largo de toda la novela. Es de una perfección narrativa casi insuperable. No obstante, en determinados momentos llega a saturarme, producto de mi contrastada deficiencia como lector.
Al final de la novela, la conversación entre Harry y Mim, su hermana, deja el camino diáfano para la próxima entrega. Me muero de impaciencia.

7 de diciembre de 2010

CORRE, CONEJO (John Updike)


John Updike nació en Pensilvania, en 1932. Es considerado uno de los grandes escritores de la literatura norteamericana del siglo XX. Falleció en enero de 2009.
Corre, Conejo se publicó en 1960.
Densa y arenosa lectura. Novela ambientada en una mediocridad hiriente, en un paisaje gris. Con la forma de narrar de John Updike, la frustración, identificada como fracaso, y la huída hacia delante, se adhieren al lector como una pegajosa tela de araña.
Los sentimientos y la pasión aparecen sólo cuando es inevitable y lo hacen con una costra de escasa sinceridad y repletos de egoísmo, sólo emparentados con el placer más inmediato: puro hedonismo (de nuevo).
Ante una historia tan agobiante, el lector pretende hacer fluido su paso por el relato, deslizarse lo más cómodamente posible por el asfixiante ambiente que le rodea. Pero Updike consigue retener el avance a su antojo, y aquél tiene la impresión de correr por la pendiente de una gigantesca duna, viéndose obligado a embadurnarse del hastío que envuelve a los personajes, a profundizar en sus frustraciones, en sus fracasos.
Con una escritura arcillosa, embarrada unas veces y árida en otras ocasiones, resaltando detalles inútiles para el desarrollo de la escena, y por tanto de la trama, pero que convierte en centro de atención con su descripción obsesiva de los por menores más insospechados, el autor lo deja bien claro: si quieres seguir leyendo, te mojas. Si no quieres sentir lo que sienten mis personajes, cierra el libro.
Es diestra con los palillos y resulta agradable verla comer así, una mano en el regazo con la palma hacia arriba. A Conejo le gusta ver cómo agacha la cabeza, ese cuello grueso que se adelanta y alza los amplios tendones en los hombros para acercar los labios al bocado sujeto sólo con la presión imprescindible entre los palillos. Es curioso que las mujeres rollizas tengan esa delicadeza.
En otro momento escribe:
Sonriendo aliviado, él se incorpora sobre un codo y besa la carnosa mejilla laxa, admirando su tenaz textura porosa.
Es obligado destacar el manejo de las metáforas. Metáforas inverosímiles, muy originales, y muy literarias a pesar de todo.
Joyce le mira y, como una lámina que se ondula, el miedo tira de un ángulo de su rostro. Parece estar al borde de las lágrimas.
Otra:
El bebé gimotea infatigable, yace en la cuna y produce un irritante ruido de algo forzado, como una rozadura débil y persistente en una puerta interior. ¿Qué quiere? ¿Por qué no duerme?
La original técnica y el profundo trabajo de elaboración del perfil psicológico de los personajes obligan a seguir hasta el final. Se trata de una novela consistente y de gran nivel, con la que Updike obliga al lector a mojarse, hasta que por fin corre con el protagonista… Corre, corre.
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