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31 de julio de 2012

Me gusta Hopper



Se cuenta de Dalí que una de las veces que salía de visitar el Museo del Prado un periodista le preguntó: “¿Maestro qué hay de nuevo?” Y pronunciando las rigurosas eses de su cerrado acento catalán contestó “Velázsquezs”

No he faltado a la cita con Hopper en el Museo Thyssen. Es muy interesante y tiene cuadros muy atrayentes. Es un pintor con talento que al tratar temas tan cercanos y comprensibles merece la pena disfrutar.
Pero me sigue gustando más la gente nueva. Como Velázquez, Miró, Botticelli, Picasso y algunos cientos más.

15 de julio de 2012

Gran defecto


«Qué extraña es la vida —ese misterioso acuerdo, de una lógica cruel, y con un propósito inútil—. Lo más que se puede esperar de ella es alcanzar cierto conocimiento de uno mismo —cosa que sucede demasiado tarde—, y con una cosecha de interminables reproches. Yo he luchado con la muerte. Es el combate menos emocionante que pueda imaginarse. Tiene lugar dentro de una impalpable neblina gris, sin nada en qué apoyarse, sin nada a tu alrededor, sin espectadores, sin aplausos, sin gloria, sin ese gran deseo de victoria, sin miedo a la derrota, en una atmósfera enfermiza llena de tibio escepticismo, sin mucha fe de tu lado, y todavía menos del de tu adversario. Si tal es la forma de la sabiduría definitiva, entonces la vida es un enigma mayor de lo que algunos creemos.»

Hojeando apuntes, papeles y libretas encontré este breve texto manuscrito con mi letra. Siempre he pecado de ser extremadamente crítico con lo que escribo. Dicho de otro modo, padezco una inseguridad supina. Gran defecto. Así, mientras iba leyendo aquellas líneas me gustaba lo que había escrito. Sin duda la idea era mía pero esa manera de escribir…, no podía dar crédito a que yo fuera el autor. Aún así no pude evitar percibir ciertas limitaciones que debía pulir con el tiempo y algo más de técnica.
Toda reflexión terminó cuando llegado al final del escrito, también de mi puño y letra, aparecía como firma: «El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad»
Por suerte ahora puedo disfrutar plenamente del excelente párrafo, al que, por cierto, ya no encuentro ningún defecto.

5 de marzo de 2012

CADA LOCO CON SU TEMA


Tengo interés en leer el último Premio Pulitzer. Se trata de A visit from the Goon Squad, de Jennifer Egan. En España se ha publicado como El tiempo es un canalla.
¿Saben cuánto cuesta cada edición en Amazon?
Edición USA: 5,10 euros
Edición Sinde-Wert: 19,00 euros.
Por supuesto hablamos de la misma calidad de edición: tapa blanda reforzada.

El calificativo que esto merece me lo aguanto, cuando menos merece la pena decir que esto es una vergüenza.
Beneficio para el autor: 1,9 euros por libro vendido.
Beneficio para la Hacienda Pública por IVA: 0,76 euros por libro vendido.

Ley 10/2007, de 22 de junio, de la lectura, del libro y de las bibliotecas.
¡DEROGACIÓN YA!

16 de enero de 2012

Mi nuevo Kindle

Este año me he portado muy bien, he sido bueno. No se explicaría de otra manera el que los Reyes Magos hayan sido tan considerados conmigo.
Entre los regalos que me han traído está mi nuevo lector de libros electrónicos. Todo un descubrimiento. Un mundo ilimitado se abre ante mí, para mi sorpresa. No esperaba encontrar tal cantidad de posibilidades al alcance del lector.
No quisiera insistir en exceso sobre el asunto del préstamo a través de Internet. Poco más tengo que añadir a lo dicho por Carlos Tongoy. Pero es que esto da para mucho por lo sangrante del asunto.

En efecto, una apasionante puerta hacia el futuro de la edición se abre con el libro electrónico. Esto lo ve claro cualquier aficionado a la lectura. Quienes curiosamente no lo ven son las editoriales. ¿Por qué? Muy sencillo: les importa un carajo el libro, el lector y el autor. Del mismo modo que a las productoras de música les importan un carajo los discos, los consumidores de música y los músicos. Si las empresas del sector realmente tuvieran interés en las tres patas de su negocio hubieran puesto fácil solución sobre la marcha, porque la tienen en su mano: ser competitivos. Pero resulta que no les hace falta. Ganan un pastizal indecoroso a costa de un producto supuestamente cultural. El intercambio de libros o música por Internet no influye en los beneficios de las industrias discográfica y editorial (sobre esto ya poco se puede discutir después ver año tras año cómo aumentan sus beneficios), simplemente impide que ganen diez, veinte o cien veces más al no tener su control.
La diferencia entre el coste de producción de un libro y su precio para el consumidor final es abismal. Encima el libro sólo tributa con un tipo superreducido del 4% de IVA (Impuesto sobre el Valor Añadido) por ser un bien cultural y que los derechos de autor son un 7% (aprox.) sobre el precio de venta.

Matilde Asensi no dejará de escribir novelas porque ha optado por ser competitiva. De verdad quiere ser leída y por ello vende sus libros electrónicos en Amazon a 3,79€. Santiago Posteguillo seguirá escribiendo sin titubeos porque vende sus libros a 5,22€. Un aficionado a la lectura que posea un lector de libros e., no escatimará en comprar un libro con esos precios. Una auténtica desgracia para mí que, en principio, no me interesen las novelas de estos autores. Pero como saben ustedes estos dos, de forma individual, venden más que otros diez escritores (que tienen en su cabeza) juntos.
No es verdad que el consumidor quiera gratis cualquier producto. Falacia absoluta. El consumidor, por definición está dispuesto a un desembolso económico a cambio de un bien o servicio. Eso sí, ese desembolso debe ser proporcional a la satisfacción que con él obtenga. Y el consumidor es el soberano absoluto del precio que está dispuesto a pagar por esa satisfacción. A eso se llama mercado que, no nos engañemos con progresías baratas, está formado principalmente por el currito de clase media.
Insisto en algo que ya mencioné en mi anterior entrada: artículo 9 de la Ley 10/2007, de 22 de junio, de la lectura, del libro y de las bibliotecas. Una ley más propia de Corea del Norte que de un país avanzado y democrático. Establece la intervención del precio del libro, lo que es una postura abusiva e inicua. Si al menos se encargara de poner un tope a dicho precio seguiría siendo igual de intervencionista pero al menos daría claras muestras de querer defender al consumidor último, a ese que es el destinatario de la cultura.
Un dato explica con claridad lo que quiero decir: como bien apunta Carlos González Péon, la novela premiada con el último Premio Pulitzer cuesta en formato electrónico 6,33$ (menos de 5,00€). En España el precio del último Premio Planeta (¡no comparo la importancia de los premios, sólo situaciones similares!) en formato electrónico es 14,99€, tres veces más sin garantizar el triple de calidad.

26 de diciembre de 2011

Yo también dejo de escribir novelas


Por fin lo tengo claro. No voy a escribir la novela que tengo en mente. Ustedes se lo pierden porque iba a ser una obra maestra. Lo malo es que sé de muy buena tinta que una vez publicada, la chusma iba a descargar de Internet el doble de copias que los ejemplares que pudiera vender. ¿Cómo lo sé? Eso me lo callo. Lucía y yo lo sabemos.

Lucía Echevarría deja de escribir novelas. Aparte de agradecérselo como lector, me pongo a escribir sobre este “Notición” por el razonamiento que expone la susodicha famosa para dejar la literatura. El domingo, 18 de diciembre anuncia en su perfil de Facebook:
«Dado que he comprobado hoy que se han descargado más copias ilegales de mi novela que copias han sido compradas, anuncio oficialmente que no voy a volver a publicar libros en una temporada muy larga. No al menos hasta que esta situación se regule de alguna manera. A mí no me apetece pasarme tres años trabajando como una negra para esto. Si quiero regalar novelas, haré copias para mis amigos en plan Sebastian Venable.»

Tras la publicación de esta nota las reacciones de la gente no se hicieron esperar. La inmensa mayoría consideraban insultante la actitud victimista. A ellas, la famosa contesta con un largo e incongruente comunicado que provoca vergüenza ajena. De pasada vuelve a insistir en el motivo que esgrimió como el principal para dejar de escribir novelas.

Obviando la imposibilidad de establecer una relación clara entre Lucía Echevarría y Literatura, entramos de lleno, con sus palabras, en el debate falaz abierto por las multinacionales de la cultura, que poniendo en primera línea a sus contratados mejor pagados, dispuestos ellos a recibir las tortas dirigidas a sus señores, despliegan todos sus medios y poder con un fin único: el control de la Red, verdadero y único lugar donde la libertad se muestra tal como es.

Todo intento de injusticia comienza por manipular los hechos. Todo intento de manipulación de los hechos comienza por tergiversar el significado de las palabras, por manipular el lenguaje. Confundamos pues “Piratear” con “Copiar”. Confundamos nuestra conveniencia con la Ley. Confundamos industria con cultura.

Antes de Internet, la gente se pasaba los discos de vinilo para grabar su música en cintas magnetofónicas. Antes de Internet se prestaban las novelas entre amigos y familiares. Eso no era, ni es, infringir los derechos de autor. Con la informática la copia y el préstamo se hacen de manera más cómoda para el consumidor. Pero resulta que la tecnología sólo debe valer para abaratar costes de producción a cambio de un desorbitado precio del producto, interviniéndolo si fuera necesario*. Por su parte el consumidor final, no puede, no debe beneficiarse de esta tecnología de manera libre y gratuita. Debe pagar lo que las empresas del sector apoyadas por el poder político establezcan, pisoteando cualquier atisbo de libertad.

Lo primero que me vino a la mente después de leer la infame nota fue: ¿por qué Lucía Echevarría no ha averiguado cuántos préstamos y desideratas hay registrados de su última novela en las bibliotecas públicas de España? Según su razonamiento cada uno de ellos es un ejemplar menos que vende. Seguro que es un dato más fácil de conseguir y por supuesto mucho más fiable que el de la cantidad de copias descargadas.
Tal vez sea hora de ir entrando en la escabrosa cuestión de las bibliotecas de acceso público. Allí también se presta música.

Esta señora es lo menos importante de todo lo dicho aquí. Lo verdaderamente fundamental es la lucha constante contra el permanente intento de los poderes, económico y político, de hacerse con el control absoluto de la Red.

De todo esto saco en claro una cosa: cuando me pregunten por las novelas que he escrito ya no tengo que disimular diciendo aquello de «…una o ninguna». No escribiré ninguna y punto. No, hasta que la situación se regule garantizándome que todos y cada uno de aquellos que quieran leer mi genial obra, la compren obligatoriamente.
Como ha escrito hace poco un novelista español situado en plena cresta de la ola:
«…piensa que ha llegado la hora de que los escritores empiecen a decir algo humilde y bonito, algo sano. Quiero ser leído.»
Para ser sincero debería haber añadido: «…únicamente por alguien que compre mi libro, no faltaba más.»


*(Ley 10/2007, de 22 de junio, de la lectura, del libro y de las bibliotecas)

4 de mayo de 2011

Cuaderno 10


El portal de literatura Cuaderno 10 ha tenido a bien publicar, en la sección Opinión del Lector, mi reseña del Diario del hombre pálido, de Gracia Armendáriz.
http://www.cuaderno10.com/

12 de febrero de 2011

Agradecimiento


Recibir un elogio por parte de alguien que merece nuestra admiración provoca una extraña sensación de entumecimiento. No se está seguro de si hay que seguir haciendo las mismas cosas que el día anterior o, de alguna forma, nuestro estatus en el mundo ha cambiado.
Un lugar en la red, Luminosa lentitud de la impureza, tiene el buen gusto de compartir con quien quiera pasarse por allí, entre otras cosas, una desprendida erudición y una ficción exquisita. Lo sostiene la firma de Hadrian Bagration, que, me atrevo a deducir, es un pseudónimo. Por tanto se trata de un autor y de un lugar que realmente merecen el halago, que generosamente se me otorga, por cada uno de los términos que aplica a este blog y a quien lo firma, superándolos con creces.
En la intimidad pocas cosas resultan más rentables que la lectura. El lector no requiere recompensa ni reconocimiento, le vienen dados por añadidura con el disfrute de los libros. Escribir sobre las lecturas es algo bien distinto, aunque puede parecer una inocente actividad: volcar en papel aquellos sentimientos que el autor de una novela ha logrado transmitir. En realidad, en el fondo de todo ello reposa el polvillo apenas disimulado de la vanidad, tal vez el defecto más explosivo, más volátil, del ser humano. Firmar lo escrito con pseudónimo no es sólo una coraza que impide un ego más henchido de lo conveniente, es un parapeto tras el que ocultarse después de escribir torpes pensamientos con palabras torpes.
Muchas gracias por su muy amable mención, Hadrian.
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