30 de diciembre de 2010

LOS SEIS MEJORES LIBROS RESEÑADOS EN 2010

Durante el año 2010 he leído menos de lo que hubiera querido. Bien está lo que hay. Estos son, sólo según mi criterio, mis seis mejores lecturas de este año que, a la fecha de esta entrada, acaba en breve.
1º LA CARRETERA, de Cormac McCarthy.
2º MERIDIANO DE SANGRE, de Cormac McCarthy.
3º AMERICAN PSYCHO, de Bret Easton Ellis.
4º LAS COSAS DEL CAMPO, de José Antonio Muñoz Rojas.
5º FAHRENHEIT 451, de Ray Bradbury.
6º HOGUERAS EN LA LLANURA, de Shoei Ooka.

21 de diciembre de 2010

EL LECTOR (Bernhard Schlink)


Bernhard Schlink nació en Bielefeld (Alemania), en 1944. Es juez. Por su manera de redactar, se nota.
Según puede leerse en la contraportada, El lector es una novela muy premiada. Ha sido galardonada en Italia, Francia y Alemania. Lástima que los premios literarios no sean garantía alguna de calidad indiscutible.
Con un narrador en primera persona que cuenta la historia en pasado, la novela es corta, unas doscientas páginas. Se divide en tres partes que siguen un orden cronológico. Los capítulos ocupan apenas un par de páginas, lo que hace muy cómoda la lectura.
La escritura de Schlink es correcta, sólo eso. Correcta para un informe pericial, quiero decir. Es poco expresiva, poco comunicativa, fría. Haciendo memoria no recuerdo ni una sola metáfora, lo que da idea del poco sentimiento que transmite.
En la primera parte, no encuentro nada destacable. Ni la manera de narrar, ni el lenguaje, como digo, ni la propia historia, muestran algo novedoso u original en la forma o en el fondo. Schlink pierde la oportunidad de preparar el terreno, de ablandar al lector, de hacerle sentir lo que siente el protagonista, un adolescente. Si sentirán los adolescentes… Ser adolescente es exudar sensibilidad, sensiblería, miedo, llanto, amor, deseo, tristeza, alegría, pereza, nerviosismo, curiosidad, audacia, ingenuidad, ignorancia, sexualidad… Y que decir si encima mantiene relaciones sexuales con una mujer de treinta y tantos.
El autor tan sólo se atiene a contarnos la historia desde el punto de vista del narrador una vez adulto. Y el resultado es algo más parecido a un informe que a una novela.
En la segunda parte, muestra la novela un leve punto de inflexión, que comienza una curva ascendente aunque sólo sea por el breve giro que da la historia. Por lo demás, Schlink, sigue siendo tan cicatero como en la primera parte, hasta tal punto que el protagonista evita relacionarse, incluso con sus compañeros universitarios. Por tanto el perfil psicológico del protagonista tan solo se muestra a través de reflexiones y no mediante su relación con terceros. Sólo se enfoca la atención de la historia hacia los dos protagonistas.
Para más inri, en la trama hay un par de giros fundamentales, que el autor no quiere, o se muestra incapaz de ocultar hasta el momento necesario. Se hacen visibles mucho antes de que se destapen en la narración.
Entre la segunda y la tercera parte aparece lo más interesante del libro. Usando al protagonista, Schlink realiza una breve reflexión sobre la revisión continua que hace el pueblo alemán de su pasado más inmediato. Reflexión necesaria tratándose de un país que es representativo de los adelantos económicos y sociales conseguidos tras la Segunda Guerra Mundial.
De la tercera parte sólo cabe señalar nuevamente la avaricia sentimental de este escritor. En un momento de la novela, el protagonista llora.
Mientras la directora hablaba, yo seguía arrodillado mirando las fotos y las notas y sofocando el llanto. Cuando me di la vuelta y me senté en la cama, me dijo:
–Tenía tantas ganas de que usted le escribiera… Sólo recibía correspondencia de usted, y cuando repartían el correo preguntaba: “¿No hay carta para mí?” (…)
Volví a callar. No habría podido hablar, sólo balbucear y llorar.

Schlink no es capaz de mostrar el llanto, no es capaz de transmitir la emoción del momento. Como un cronista nos lo tiene que contar el narrador, el propio protagonista, de la novela y del leve llanto. Todo muy frío.

7 de diciembre de 2010

CORRE, CONEJO (John Updike)


John Updike nació en Pensilvania, en 1932. Es considerado uno de los grandes escritores de la literatura norteamericana del siglo XX. Falleció en enero de 2009.
Corre, Conejo se publicó en 1960.
Densa y arenosa lectura. Novela ambientada en una mediocridad hiriente, en un paisaje gris. Con la forma de narrar de John Updike, la frustración, identificada como fracaso, y la huída hacia delante, se adhieren al lector como una pegajosa tela de araña.
Los sentimientos y la pasión aparecen sólo cuando es inevitable y lo hacen con una costra de escasa sinceridad y repletos de egoísmo, sólo emparentados con el placer más inmediato: puro hedonismo (de nuevo).
Ante una historia tan agobiante, el lector pretende hacer fluido su paso por el relato, deslizarse lo más cómodamente posible por el asfixiante ambiente que le rodea. Pero Updike consigue retener el avance a su antojo, y aquél tiene la impresión de correr por la pendiente de una gigantesca duna, viéndose obligado a embadurnarse del hastío que envuelve a los personajes, a profundizar en sus frustraciones, en sus fracasos.
Con una escritura arcillosa, embarrada unas veces y árida en otras ocasiones, resaltando detalles inútiles para el desarrollo de la escena, y por tanto de la trama, pero que convierte en centro de atención con su descripción obsesiva de los por menores más insospechados, el autor lo deja bien claro: si quieres seguir leyendo, te mojas. Si no quieres sentir lo que sienten mis personajes, cierra el libro.
Es diestra con los palillos y resulta agradable verla comer así, una mano en el regazo con la palma hacia arriba. A Conejo le gusta ver cómo agacha la cabeza, ese cuello grueso que se adelanta y alza los amplios tendones en los hombros para acercar los labios al bocado sujeto sólo con la presión imprescindible entre los palillos. Es curioso que las mujeres rollizas tengan esa delicadeza.
En otro momento escribe:
Sonriendo aliviado, él se incorpora sobre un codo y besa la carnosa mejilla laxa, admirando su tenaz textura porosa.
Es obligado destacar el manejo de las metáforas. Metáforas inverosímiles, muy originales, y muy literarias a pesar de todo.
Joyce le mira y, como una lámina que se ondula, el miedo tira de un ángulo de su rostro. Parece estar al borde de las lágrimas.
Otra:
El bebé gimotea infatigable, yace en la cuna y produce un irritante ruido de algo forzado, como una rozadura débil y persistente en una puerta interior. ¿Qué quiere? ¿Por qué no duerme?
La original técnica y el profundo trabajo de elaboración del perfil psicológico de los personajes obligan a seguir hasta el final. Se trata de una novela consistente y de gran nivel, con la que Updike obliga al lector a mojarse, hasta que por fin corre con el protagonista… Corre, corre.

11 de noviembre de 2010

AMERICAN PSYCHO (Bret Easton Ellis)


Bret Easton Ellis nació en 1964, en Los Ángeles. Fue encuadrado en un artificioso grupo de elegidos denominado Generación X, nombre tomado de la novela homónima de Douglas Coupland, que por cierto leí en su momento y de la que sólo me queda el recuerdo de unos protagonistas muy jóvenes trabajando en Japón en el sector de la publicidad. No me desagradó aquella lectura.
Con un narrador protagonista en primera persona, Bret Easton Ellis plantea una historia directa. Hecho tras hecho. Acto tras acto. Los acontecimientos se suceden sin descanso. El lenguaje es directo, con frases cortas y diálogos muy ágiles, desordenados en sus réplicas y a veces sin sentido aparente aunque definidores del tipo de gente que protagoniza la novela. Estos diálogos son la munición más letal que Ellis usa para criticar a la élite de aquella época, finales de los ochenta, en la que el dinero ejerció una atracción sin precedentes sobre toda una generación de jóvenes que querían ser millonarios antes de cumplir los treinta. Eran admirados y respetados. De hecho, apostaría a que si hoy volvieran a surgir ese tipo de jóvenes, también serían muy respetados y admirados. El dinero y el hombre no cambian.
De todo aquello, algo queda. Como algo queda de la trasgresión musical de Elvis en los años cincuenta, del movimiento jipi de los sesenta o incluso de la tradición romántica del siglo XIX. Somos caracteres producto del constante cúmulo de restos de nuestra cultura.
Ellis hace de la novela un continuo alarde de inteligencia. La importancia del título es, tal vez, el mejor ejemplo.
American Psycho:
Sólo con el título el lector tiene la información fundamental: el protagonista es un asesino. Incluso antes de matar a nadie, cualquier mención que haga de un miembro u órgano humano almacenado en su frigorífico, no provocará extrañeza en el lector.
El autor narra una historia comenzada tiempo atrás. El lector se incorpora a ella en plena marcha.
Maniático de la moda y de la ropa cara, Patrick Bateman reconoce la marca del vestuario de todos aquellos que le rodean o se cruzan con él. De hecho, una característica de la novela es el detalle minucioso que continuamente hace el protagonista del vestuario de los personajes.
El culto al cuerpo también es llevado al extremo. Varias horas diarias de gimnasio y el cuidado y aseo de la piel, la manicura, rayos “UVA”, peluquería… El paraíso de la apariencia: soy joven, tengo dinero y soy guapo, ¿quién me supera?
Hasta casi la mitad del libro, Easton Ellis consigue plasmar la locura contenida del protagonista y poco a poco introduce su cara más tenebrosa y sádica. El detalle con que cuenta el protagonista sus estados de ánimo, unido a sus reacciones físicas, fisiológicas, consigue que el lector se haga una idea clara del estado mental del protagonista.
American Psycho se publicó en el año 1991. El momento justo. Su éxito fue atronador.
El relato es aterrador en determinados pasajes. Explícito siempre, tanto en las escenas de sexo como en la narración de los crímenes. La violencia narrada de manera tan expresa, no trata más que de transgredir los parámetros estéticos y narrativos del momento. Hoy ese debate está más que superado, precisamente porque entonces, en la fecha de publicación de la novela, se mantuvieron enfrentamientos agrios y violentos. Estos pasajes en el tramo final de la novela son de tal dureza, que su lectura se hace difícil.
Por ejemplo: unas páginas después de relatar la tortura, vejaciones y asesinato de dos chicas, vienen veinte páginas de ágil pero frívolo diálogo a tres bandas sobre qué restaurante elegir para hacer una reserva para la cena. Es decir, que el lector aún no se ha recuperado de las traumáticas escenas cuando es devuelto al hedonismo más superficial e inofensivo. Ellis lo introduce en la piel del psicópata. No es agradable, pero resulta admirable la pericia con que el autor lo consigue.
El caos mental del protagonista llega a su cenit en plena ebullición del mencionado tramo final. Aquí ocurre algo muy interesante: el narrador protagonista en primera persona pasa a ser, sin solución de continuidad, narrador omnisciente en tercera persona.
… la descarga de adrenalina me hace jadear y sólo consigo avanzar unas cuantas manzanas de casas, en parte debido al pánico que me domina, pero fundamentalmente debido a la sangre, sesos, trozos de cabeza que cubren el parabrisas, y apenas consigo evitar el choque contra otro taxi en la esquina de Franklin –¿es Franklin?– con el Greenwich, torciendo violentamente hacia la derecha, y paso rozando el costado de una limusina aparcada, luego meto marcha atrás, avanzo chirriando por la calle, conecto los limpiaparabrisas, dándome cuenta entonces de que la sangre del cristal está por dentro, por lo que intento limpiarla con la mano enguantada y avanzo rápidamente y casi a ciegas por el Greenwich hasta que pierdo el control por completo y el taxi se desvía y alcanza una tienda coreana, cerca de un restaurante karaoke que se llama Lotus Blosoon en el que había estado con unos clientes japoneses, mientras el taxi derriba los estantes de fruta, atraviesa una pared de cristal, el cuerpo del cajero choca contra el capó, Patrick trata de meter la marcha atrás, pero no entra, se baja del taxi, se apoya en él, sigue un silencio en el que se impone el nerviosismo.
–Buena la has hecho, Bateman –murmura, mientras sale cojeando de la tienda, mientras el cuerpo del capó se queja, agonizando, Patrick no tiene ni idea de dónde ha salido el policía que se le acerca corriendo desde el otro lado de la calle y grita algo por un transmisor portátil, creyendo que Patrick está aturdido, pero Patrick le sorprende echándosele encima antes de que el policía pueda sacar el arma y los dos caen juntos en la acera…

Un par de páginas después vuelve el narrador protagonista en primera persona, tal como desapareció.
… saludando con la cabeza a Gus, “nuestro vigilante nocturno”, firma y se dirige al ascensor, a las plantas superiores, hacia la oscuridad de su piso, recupera por fin la calma, seguro en el anonimato de mi nueva oficina, capaz, a pesar del temblor de manos, de coger el teléfono inalámbrico, mirar mi Rolex, exhausto, y los ojos caen sobre el número de Harold Carnes, marco lentamente la siete cifras…
En American Psycho, los personajes no reconocen a nadie. Toda la novela se la pasan equivocando nombres y preguntándose si aquel que entra en el restaurante es Mengano de la firma Tal & Tal o si ese de la barra es Fulano de Cual & Cual.
En la selva nadie conoce a nadie. Desaparecer y ser olvidado. Sólo se recuerdan las tarjetas de visita.

25 de octubre de 2010

TODO ARRASADO, TODO QUEMADO (Wells Tower)


Wells Tower, nació en Vancouver (Canadá) el año 1973 aunque desde pequeño vive en los Estados Unidos. Ha publicado sus relatos en diversos periódicos y revistas y ha ganado importantes premios.

Con el ascensor nació una experiencia sin parangón y una nueva forma de comunicación: las conversaciones de ascensor. Es decir, comunicarse con una o más personas compartiendo un ridículo espacio durante breve tiempo, sin tener posibilidad de rectificar la posición para recuperar la intimidad del aura.
Las conversaciones de ascensor se entablan porque las personas agrupadas, invadiéndose el espacio vital mínimo, se provocan cierto malestar. Hay que distender esa violenta situación y para ello se inicia una conversación sin un sentido claro, ni falta que hace. Pero se inicia con un motivo de fondo, que es el fundamento esencial de este tipo de charlas: importa un pimiento el interlocutor, importa un pimiento. No interesan ni su opinión ni su manera de ver las cosas. No interesan su cara, su ropa ni su vida. Sólo se desea que el cansino ascensor llegue de una vez al piso que se ha pulsado.
Esta reseña se sostiene sobre el mismo fundamento que las conversaciones de ascensor: el libro que se trata en esta entrada me importa muy poco. No me importan nada los temas que toca; me dan igual los paisajes y personajes de sus historias; no me interesa el lenguaje que usa y la técnica narrativa no muestra nada nuevo.

Ahora imaginen un lector perdido en la Casa del Libro. No tiene claro cual será su próxima lectura. Hojea libros para ver qué compra. Entre sus manos tiene Todo arrasado, todo quemado y en la primera página lee lo siguiente:
Bob Munroe se despertó boca abajo. Le dolía la mandíbula, los pájaros matutinos aullaban y tenía los calzoncillos bastante sucios.
Unas líneas más abajo:
Ahora estaba rodeado de migas: debajo del pecho desnudo, metidas en los pliegues sudorosos de los hombros y el cuello, aunque notaba que la más grande y la peor de todas la tenía dentro de la raja del culo, como si alguien hubiera disparado ahí una flecha de sílex.
¿Pájaros matutinos? Los pájaros sólo son. De todo el día. ¿Es el gallo un pájaro matutino?, ¿el gorrión?, ¿el mirlo? No sé de ningún pájaro que sea sólo de la mañana y caiga fulminado al llegar el mediodía. Y además no aúllan. No aúllan ni metafóricamente: cantan, ululan, pían, gorjean, incluso chillan… O, tal vez, algunos emitan unos horrendos sonidos que parecen aullidos.
¿Dentro de la raja del culo? Tufo a escritura de niñato que no escandaliza ni a las monjas. Se puede describir de modo más elegante y provocador, pero sobre todo de una forma más literaria.
En la primera página aúllan pájaros matutinos y nos planta de golpe una raja del culo. Peculiar uso del idioma que, con toda probabilidad, hará que el lector perdido no compre el libro. Es lo que yo hubiera hecho si no fuese porque es el elegido por el grupo de lectura que frecuento.
Comentado el detalle de la primera página, señalemos que Todo arrasado, todo quemado es un libro de cuentos.
Finales abiertos, temas cotidianos, incluso anodinos, cierta tensión, cortos desvíos de la trama para volver al hilo de la historia. Vamos, que se trata de otro autor que bebe de Carver, Salinger, Cheever...
Tower es un autor joven. Es legítimo imitar el estilo de los clásicos y hacerlo de forma correcta no es fácil. Espero que en el futuro escriba algo que me interese.

19 de octubre de 2010

GRANDES TIPOS (Josep Pla)


Inicio la lectura de Pla con este breve y agradable libro dedicado a personajes catalanes que han dejado huella en la vida cultural de su tiempo, algunos incluso una influencia enorme en las artes a nivel mundial.
Los personajes en cuestión son Arístides Maillol, Salvador Dalí, Isidre Nonell, Antonio Gaudí y Pau Casals.
Es fácil deducir que no se dedica a exponer una intrincada biografía de cada artista ni un sesudo estudio de su obra. No obstante, uno termina el libro con la impresión de que ha aprendido sobre ellos porque, en efecto, ha leído sobre sus vidas y sobre las peculiaridades e influencias artísticas de sus obras. Es curioso. Y es que Josep Pla toca levemente, lo justo, los aspectos típicos de cualquier biografía y se dedica a plasmar con detalle los asuntos más terrenales, los más cercanos a la vida de la persona, esos que despiertan el interés por conocer más de cerca a esos inaccesibles seres superiores.
El lenguaje de Pla embauca. Atrapa al lector con expresiones campesinas, llanas, pero de una profundidad intelectual y de una elegancia sólo asequibles a personas elegidas, dotadas para la escritura. Por fortuna, no se aprecia pérdida de calidad en la traducción del catalán al castellano; cosa lógica tratándose de dos lenguas que conviven desde hace siglos.
Ensayista y escritor de talla superior. Imprescindible.
Ya tengo preparada la que es considerada obra maestra de Pla, El cuaderno gris.

4 de octubre de 2010

TODO LO QUE MUERE (John Connolly)


John Conolly nació en Dublín, en 1968. Es columnista del Irish Times. Vive en Dublín pero pasa parte del año en Estados Unidos (esto en una contraportada de tu propia novela queda muy sofisticado, no he podido resistir copiarlo aquí.)
Hay títulos que deberían estar reservados para las obras maestras. Todo lo que muere es uno de ellos. Sacado de un verso de John Donne, es, de hecho, lo mejor de la novela. Si se añade que la fotografía de la portada es excelente y cumple muy bien su cometido, el libro como tal se convierte en un producto de consumo muy atractivo.

Todo lo que muere.
John Connolly
.
Título y nombre del autor encabezando una fotografía que transmite sobrecogimiento, un interrogante miedoso de lo que, imaginamos, podemos encontrar dentro.
Bien por la editorial. Tusquets.

Todo lo que muere es una novela policiaca. De detectives. Novela negra. Como quiera que se le llame al género en la actualidad.
No soy lector asiduo de novelas de género: vampiros, ciencia ficción, zombies, detectives, tapiceros… El caso es que desde hace tiempo tenía ganas de leer este libro, sin saber en absoluto de qué trataba.
Comienza la historia con un asesinato sanguinario y cruel en extremo. Continúa con un tiroteo a lo Bruce Willis en plenas facultades físicas y enganchamos con el detective Charlie Parker. No sé, no sé. Continúo leyendo.
El protagonista es un antiguo policía, cínico, temerario, que se lleva mejor con la gente del hampa que con los agentes del F.B.I. Es un señor que se hace acompañar por unos asesinos, muy simpáticos ellos, con los que el autor hace que nos encariñemos (porque los sesos desparramados de un malo no son tan desagradables de ver.)
La historia está narrada en primera persona, como los clásicos del género, con esporádicas analepsis que nos mantienen en el hilo de dos historias paralelas. Como no puede ser de otra manera, contribuyen al estilo narrativo las retorcidas metáforas propias de un detective solitario. Nada que se salga de lo común en este tipo de novelas.
La trama que monta Connolly no se puede negar que está muy elaborada. El autor no pretende en ningún momento inventar nada genial ni salirse del esquema clásico de la novela negra, sólo quiere contar una historia, algo truculenta, eso sí, que nos procure buenos ratos de lectura. Lo consigue.
Todo lo que muere es una novela recomendable para cualquier lector que quiera divertirse. Si el lector es aficionado al género policíaco no se arrepentirá de haber dedicado su tiempo de lectura a John Connolly.
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