2 de diciembre de 2011

SUITES IMPERIALES, de Bret Easton Ellis


Una persona muy querida para mí cuenta que cuando era pequeña con la merienda le daban té con leche, a pesar de que a ella no le gustaba. Una tía suya siempre le repetía lo mismo: “Niña, bebe té, que beber té es muy elegante.”
Permítanme que les diga algo parecido. Lean a Bret Easton Ellis. Leer a Bret Easton Ellis es muy elegante. Hagan ostentación de ello. Paseen por la calle con un libro suyo a la vista. No vayan a hacer como un conocido mío, que apareció en la Plaza del Salvador, donde quedamos para tomar unas cervezas, con un voluminoso ejemplar de Sexus, de Henry Miller. No confundamos pretensión con elegancia.

Ellis es sinónimo de elegancia porque es un señor inteligente que pone su inteligencia al servicio de la literatura. Nos ofrece su talento, lo que es todo un honor para el lector, convirtiendo la infame clavada que supone el precio de los libros en España en algo leve, llevadero.

Suites imperiales vuelve al ambiente de la alta sociedad contemporánea, esa que corta el bacalao, la que decide lo que se ve en cine y en televisión; la que determina qué se va a leer, qué hay que comprar o qué canción hay que oír. La alta sociedad de la cultura y el espectáculo, en fin. Algunos tics de American Psycho permanecen en esta novela. Benditos tics de genio.
Easton Ellis lo que hace es plasmar el estatus de esta gente a través de la vida de un minúsculo grupo formado por un productor, un chulo y un par de actrices con gran predicamento en las camas del sector. Con estos mimbres, el autor monta una increíble trama de poder, crimen y sexo que va inundando lentamente la historia. El horror. El horror al alcance de la mano, edulcorado con una fina y aparente película, entiéndase: dinero y fama. Sicarios mejicanos secuestrando y torturando a personas que pocas horas antes se codeaban con la élite del glamour y la industria cultural de la Costa Este de EE.UU.
Sólo un inconveniente: nombres. Un bombardeo de nombres de personajes cae sobre el lector, quien sólo después de bien entrado en materia logra situarlos y ponerles cara.

Novela corta, narrada en primera persona con un estilo neutro pero directo, con diálogos precisos y ágiles. Casi sin solución de continuidad la acción se enlaza en párrafos cortos, que llenan la novela sin acotación de capítulos, lo que le infiere dinamismo.

«Miro el reloj. Me he dejado la tarde libre. La actriz vacía la copa de champán. Un camarero atractivo y atento se la llena de nuevo. Yo no he pedido nada para beber porque algo más está surtiendo efecto. Necesito llevar esto al siguiente nivel si quiero que salga bien.
         –¿Estás contento? –pregunta ella.
         –Sí –respondo sobresaltado–. ¿Y tú?
         Ella se echa hacia delante.
         –Podría estarlo.
         –¿Qué quieres hacer?
         La miro directamente a la cara.
         Pasamos una hora en el dormitorio de mi apartamento de la planta quince del Doheny Plaza. Eso es todo lo que hace falta. Luego ella dice que se siente desconectada de la realidad. Le digo que no importa. Me sonrojo cuando me dice que tengo unas manos bonitas.»
        
Quien empieza a leer este libro queda embebido por la historia.
Lean a Bret Easton Ellis. Y presuman de ello.

23 de noviembre de 2011

ASFIXIA (Chuck Palahniuk)


Chuck Palhaniuk (EE.UU, 1961), se estrenó como novelista en 1996 con El club de la lucha, famosa novela por su exitosa adaptación al cine con Brad Pitt como abanderado.
El simplismo que inevitablemente muestra la condición humana se refleja en la necesidad incontrolada de etiquetar a las personas y grupos que nos rodean. Así, a Palahniuk se le considera el máximo exponente de la generación nihilista. No sería de extrañar que dentro de unos años nadie sea capaz de encontrar un miembro de esta corriente concluyendo que nunca existió.

No hablamos de una obra maestra. Ni siquiera de una gran novela. Asfixia es sólo una buena novela (no es poco) que sin esfuerzo aparente hace que el lector entre de lleno y quede atrapado en la surrealista actividad que se narra.
A pesar de los momentos patéticamente hilarantes, el autor nos hace tener presente que la historia que cuenta es la de alguien con un infortunio desgarrador. Eso que más de uno llamaría un perdedor (calificativo burdo y estridente. Que alguien me diga qué es un ganador). En su intento por reflejar de manera fiel los personajes y su mundo, Palahniuk se recrea en un feísmo que empapa todo el libro.

Me he divertido como un enano leyendo esta novela. El autor parece haber puesto todo su empeño en facilitarle las cosas al lector: capítulos cortos (dos o tres páginas de media); un lenguaje desenfadado y muy asequible, sin sesudas florituras de estilo; unos personajes con personalidades fácilmente comprensibles a pesar de tratarse de sujetos marginales, con precarios estados de salud mental; no hay extensas descripciones de paisajes ni de situaciones, hay acción. Todo ello tiene como hilo conductor un fino cinismo oculto tras una engañosa apariencia de tosquedad.

Como trasfondo, la esperanza. A pesar de todo, el ser humano siempre mantiene encendida una pequeña llama, que apenas ilumina, con el ánimo de volver a incendiar todo aquello que quisimos quemar cuando aún no teníamos que responder ante nadie, cuando éramos libres… de responsabilidades.

«Eva cree que soy su hermano mayor, que abusó de ella hace más o menos un siglo. La compañera de habitación de mi madre, la señora Novak, la de los horribles pechos y orejas colgantes, cree que soy el hijo de puta de su socio, que le mangó la patente del almarrá, de la pluma estilográfica o algo así.
Aquí lo represento todo para todas las mujeres.
–Me has hecho daño –dice Eva, y se acerca rodando un poco más–. Y no lo he olvidado ni por un minuto.
Cada vez que vengo de visita hay una vieja chocha de cejas espesas al otro lado del pasillo que me llama Eichmann. Otra mujer a la que le asoma un tubo de plástico para la orina por debajo de la bata me acusa de haberle robado el perro y quiere que se lo devuelva. Siempre que paso por delante de otra vieja sentada en su silla, encorvada y enfundad en un montón de jerseys de color rosa, me espeta:
–Te vi –me dice mirándome con un ojo entelado–. ¡La noche del incendio te vi con ellos!»

9 de noviembre de 2011

ALONDRA Y TERMITA (Jayne Anne Phillips)


Jayne Anne Phillips camina por el mundo literario con el aura de los elegidos. Ella pasaba por ahí, con su talento ya impreso, llega Carver y no se le ocurre otra cosa que decir una frase de fajilla sobre la escritura de esta autora. Con esas, desde los veintiséis años publica novelas y libros de cuentos que ganan premios y obtienen buenas críticas.
Alondra y Termita fue finalista del National Book Award de 2009.

El inicio de la novela parece dinámico, entretenido y prometedor, me gusta. La Guerra de Corea: un joven soldado estadounidense deambula con centenares de refugiados en medio del estallido de un desastre bélico del que prácticamente nada sabemos y que provocó muchos más muertos que la Guerra de Vietnam. Una novia embarazada, bastante mayor que él, espera su regreso. Tartas de limón, uniformes de camarera, soledad, dolor y frustración sobrellevados con vigor y ánimo. Sensibilidad y ternura. Literatura muy femenina.
La historia es narrada a través del enfoque de los distintos personajes, acompasados con juegos en la cronología de la trama. La misma escena contada varias veces, aunque sin resultar repetitiva. Pero las analepsis y cambios de narrador tan radicales hacen que el lector no se sienta cómodo con los personajes durante las primeras cincuenta páginas de la novela pues se van atando cabos a medida que avanza la lectura.

A pesar de ser una historia bien contada, que mantiene la atención despierta, mediado el libro se percibe que el desarrollo de los acontecimientos, la propia narración, por densa, tiene momentos que, sin el estado de ánimo “ad hoc”, pueden provocar verdadero tedio. La historia fluye tal vez poética pero lenta, cansa. El tiempo avanza despacio, cada gesto de los personajes es descrito con detenimiento. Esto, que sin duda es voluntad de la autora para recrearse en recuerdos de su infancia y dar cabida a todos y cada uno de los sentimientos que trasmiten los personajes, lastra el dinamismo que se espera de los sucesos que en un principio se adivinaban. Tal vez sobren palabras, párrafos enteros, algunas páginas, que no aumentan el conocimiento del lector y disminuyen la nitidez de la historia.
Así, con dos tercios de la novela leídos, el lector comienza a divagar, como el alumno que está en la inopia cuando el profesor explica expresiones algebraicas o la abuela que dormita a mediodía mientras el televisor expele una infame telenovela. Lee pero la tardanza y el hastío hacen que la vocecilla que va narrando suene cada vez más baja y la atención se va, se va a otro sitio más muelle, más acogedor y más provechoso para el lector. Y el sargento Leavitt, Lola, el restaurante con Charlie incluido, Nonie… pierden interés. Termita queda apartado con su cabeza inclinada, como si quisiera oír a dónde va el lector. Y a punto de conocer el desenlace de la historia, el lector está tan desganado que le resulta más provechoso cerrar el libro que llegar hasta el final.
Y a otra cosa.

23 de octubre de 2011

SIAMESES (Gonzalo Calcedo)


Los libros de cuentos, como los de poesía, tienen una gran ventaja sobre las novelas y ensayos: a pesar de ser publicados como una idea homogénea, el lector puede extraer de forma independiente un poema o un cuento y leerlo, para después cerrar el libro y devolverlo a la estantería.

Tropo Editores reedita un par de libros de cuentos de Gonzalo Calcedo. Y los publica unidos, como inseparables, lo que tiene su sentido, pues se trata de dos trabajos premiados con apenas un año de diferencia. Con independencia del momento en que fuera escrito cada uno de los cuentos, por la cercanía temporal de su presentación al público, parece inevitable considerarlos como un conjunto. De hecho una vez leídos, el lector sólo puede corroborar el acierto de su recuperación conjunta.
Los libros reeditados bajo el título de Siameses son: Otras geografías (Premio NH, 1996), que contiene once cuentos y Liturgia de los ahogados (Premio Alfonso Grosso, 1997), ocho cuentos.

Condiciona cualquier reseña, y no digamos cualquier intento de análisis sesudo, la excelente nota del autor, que presenta el libro después de catorce años. En ella Calcedo se reconoce joven, distinto y lejano, superando la inevitable tentación del retoque perpetuo que fustiga a todo escritor (el lector agradece poder leer la idea original) y, sobre todo, mostrando una mueca sonriente al ser consciente de una escritura repleta de descaro y desenfado, sin el miedo a mostrar influencias o técnicas casi de laboratorio. Todo ello con independencia de que el lector perciba, o no, tara alguna en la narración. Así son los escritores y su cerebro martilleante, nunca satisfechos del todo a pesar del buen resultado.

A través de sus cuentos el autor contagia la quemazón, como un pinchazo de alfiler, de situaciones muy puntuales, pequeñas anécdotas que definen las vidas de los protagonistas, sus traumas, sus frustraciones, sus esperanzas o desilusiones, como una larga y extraña sombra provocada por un objeto insignificante que sólo se torna valioso y digno de tenerse en cuenta cuando se observa muy de cerca y se aprecian los hermosos detalles, hermosos por comunes.
Calcedo no entra en la tragedia, entendida como algo irremediable. Sólo, ni más ni menos, pone en evidencia la desdicha que envuelve a los personajes de sus cuentos.
Todo ello en un mismo escenario social, paisajes que reflejan distintos decorados de nuestra forma de convivir, familiares o totalmente desconocidos pero asequibles para el lector.
El lenguaje y el tono traslucen una contención y un comedimiento que evitan en todo momento juzgar a los personajes. Narra dejando en manos del lector la posibilidad de tomar partido.

Personalmente me dan igual las influencias y similitudes de un escritor, eso es cosa de ellos.
La paella que se hace en Valencia es excepcional, pero también es excelente la que hace mi suegra en Sevilla. Además le da el toque particular que nos gusta a la familia y que sólo ella conoce. En literatura ocurre algo parecido. Cheever, Wolff o Carver se rememoran en estas páginas pero con un toque personal que hace disfrutar de una escritura inteligente, atinada, con una sensibilidad abrumadora, que hacen de Calcedo un excelente escritor de cuentos, esa técnica narrativa imposible que despierta mi más encendida idolatría.

Agradezco a Tropo editores su aséptico ofrecimineto para que leyera este libro. He sido honrado dando mi opinión, como no podía ser de otro modo.

14 de octubre de 2011

LOS HERMANOS TANNER (Robert Walser)

Este verano he leído muy poco. Y he escrito menos aún. Vamos, nada. De escribir nada de nada, para qué mentir. Hasta tal punto llegó mi desidia que terminadas las vacaciones mis ganas de leer eran nulas.
Como me resulta inconcebible coger el cercanías para ir a trabajar sin un libro entre las manos, tiré del primero en la cola de mis lecturas pendientes. Resultó ser Los hermanos Tanner. Comencé su lectura con escaso ánimo.

Ya se reseñó en este blog Jakob Von Gunten, del mismo autor, aunque publicada con posterioridad a Los hermanos Tanner, vistas ambas novelas en perspectiva, el lector percibe profundas similitudes en el trasfondo psicológico, ideológico si se quiere, de los protagonistas y toma conciencia de un mensaje insistente que Walser parece querer comunicar y que reitera en sus obras.

Desde el mismo instante en que el lector entra en el desarrollo de Los hermanos Tanner, la escritura de Walser atrapa con un vigor y una fuerza tales que difícilmente pueden explicarse atendiendo a la mesura, el lirismo y la relajación que trasmite el texto.
La escritura de Robert Walser es extraña. El lector se siente cómodo, absorto por las palabras, emocionado por las frases enlazadas con una maestría hipnótica. Walser parece huir de los diálogos. Los personajes hablan, interpelan y responden en monólogos que pueden durar varias páginas, manteniendo, no obstante, la frescura y agilidad que podría dar cualquier diálogo entre personajes.
«Yo aprecio a Sebastian porque sé que tiene el valor de admitir sus múltiples errores. Por lo demás, todo esto es pura cháchara y nada más que cháchara; puedes irte si no te viene bien acompañarnos. ¡Qué cara pones, Kaspar! ¿Eres capaz de enfadarte porque una muchacha que tiene el privilegio de ser tu hermana te llama a capítulo? No, no lo hagas, por favor. Búrlate del poeta, si quieres. ¿Por qué no? Me lo tomé demasiado en serio hace un momento. Discúlpame.»

A Robert Walser le importa un pimiento la narración de la historia. No narra. Sólo escribe. Y escribe como dios.
«Hedwig, la cercana, era el objeto de sus sueños. Se olvidaba del resto del universo y el tabaco de pipa que fumaba volvía a aproximarlo al pueblecito, a la escuela, a Hedwig. De ésta imaginaba lo siguiente: va en una barquita con un tipo que la ha raptado. Es un lago pequeño como el estanque de un parque. Ella mira fijamente los negros y sombríos ojazos del hombre sentado en la barca, inmóvil, y piensa: “¡Cómo miran sus ojos el agua! A mí no me mira. Pero toda esa masa de agua me mira con sus ojos”.»

Las aventuras del inestable Simon Tanner, mezcladas con las continuas apariciones, más o menos fugaces, de sus hermanos, más o menos peculiares; la aparición de personajes secundarios de seriedad inquisitorial, el desenfado casi grosero en el trato entre ellos, las elipsis a bocajarro, el contenido masoquismo del protagonista… Todo ello amalgama una insólita y atrayente historia que por momentos me ha recordado a Bernhard o me ha traído a la mente al inefable Pynchon. Extraño, como el propio Walser.

Por cierto, si se refiere uno a la genial escritura de Walser, no tiene más remedio que aludir a la excelente traducción de Juan José del Solar.

Termino la reseña con las palabras de Walser:
«La nieve crujía bajo sus pisadas. Los abetos estaban tan cargados de nieve que inclinaban majestuosamente hasta el suelo sus poderosas ramas. Como a mitad de la subida vio Simon de pronto a un hombre joven echado sobre la nieve, en medio del camino. Aún había suficiente claridad en el bosque como para divisar al durmiente. […] Sebastian debió de haberse desplomado allí, víctima de un cansancio enorme que ya no pudo soportar. […] ¡Con qué nobleza ha elegido su tumba! Yace en medio de espléndidos abetos verdes, cubiertos de nieve. No quiero avisar a nadie. La naturaleza se inclina a contemplar a su muerto, las estrellas cantan dulcemente en torno a su cabeza y las aves nocturnas graznan: es la mejor música para alguien que ya no tiene oído ni sensaciones.»
Casi un presagio.

21 de septiembre de 2011

HOMO FABER (Max Frisch)


Max Frisch nació en Zurich, el 15 de mayo de 1911. Murió en 1991 en su ciudad natal. Además de tener en su haber importantes novelas, fue un considerado dramaturgo. Escribía en alemán.

Narrada en primera persona, la novela se divide en dos etapas. La primera, que abarca tres cuartos de la extensión total, puede considerarse que cuenta la historia propiamente dicha. La segunda, relata las reflexiones del protagonista como desenlace final, lo que consigue inyectar un efectista y medido dramatismo.

A pesar de constar tan solo de dos partes, la estructura del libro está muy estudiada, muy trabajada. Aparecen esporádicamente pequeños detalles, despreciables a primera lectura, que se transforman en importantes giros dentro del argumento. La novela se narra dentro de continuas idas y venidas en el tiempo, sin que el lector se sienta perdido en ningún momento.

Frisch narra de manera seca, tal vez algo fría, pero muy eficaz, muy acorde con el carácter de Walter Faber, al que pone voz. Aún así consigue una variación del tono narrativo a medida que avanza la lectura y las circunstancias personales del protagonista van cambiando. El tono cambia con la evolución del personaje. Lo borda.

 «Todo el mundo se pasea, todo el mundo ríe.
Parece un sueño:
Policías blancos fumando puro; soldados de la marina fumando puro: muchachos con las caderas embutidas en estrechos pantalones
CASTILLO DEL MORO (Felipe II).
Me hago limpiar los zapatos.
Decido vivir de otra manera.
Me siento feliz.
Compro puros: dos cajas.
Puesta de sol.
Chiquillos desnudos en el mar; su piel, el sol brillando sobre su piel mojada, el calor; me siento y fumo un cigarro; nubes de tormenta sobre la ciudad blanca: de color negro violáceo; al mismo tiempo, últimos resplandores del sol en las casas altas.»

Es Homo Faber una gran novela, sin duda. Aún así he leído por ahí que la mejor de su autoría es No soy Stiller. Habrá que leerla.

12 de septiembre de 2011

DOCTOR GLASS, de Hjalmar Soderberg


Hjalmar Soderberg, autor sueco nacido en Estocolmo el año 1869. Murió en Copenague el 14 de octubre de 1941.
A pesar de ser uno de los escritores escandinavos más populares y leídos, yo no sabía de su existencia. La falta está reparada.

De igual modo que en reseñas anteriores he hablado sobre la falta de profundidad intelectual que muestran los contenidos y desarrollos de algunas novelas, esta es una ocasión para apuntar todo lo contrario. Cómo funciona el engranaje, perfectamente coordinado y engrasado, cuando quien escribe se apoya sobre una sólida Cultura y unos conocimientos ajenos a cualquier tipo de complejo o sumisión ideológicos.
Narrado a modo de diario, Soderberg consigue que el lector, a medida que avanza en la lectura de sus entradas, vaya conociendo a la perfección el modo de vida, el carácter y las ideas del protagonista.

«No me divierte ni el frecuentar conocidos ni las villas en el archipiélago. El archipiélago menos que nada. Un paisaje de picadillo, hecho de trocitos menudos. Islitas, canalitos, montañitas y arbolitos raquíticos. Paisaje pálido y depauperado, de colores fríos, sobre todo grises y azules, pero no lo bastante pobre para mostrar la grandeza de la devastación. Cuando oigo a alguien que alaba la hermosura natural del archipiélago, siempre sospecho que piensa en otra cosa, y la más superficial indagación confirma casi siempre la sospecha. Uno piensa en aire fresco y baños agradables, otro en su yate, un tercero en pescar con caña, y meten todo eso en el saco de la hermosura de la naturaleza. El otro día hablé con una joven que estaba entusiasmada con el archipiélago, pero el curso de la conversación reveló que pensaba en las puestas de sol y posiblemente también en un estudiante. Olvidaba que el sol se pone en todas partes y que los estudiantes se desplazan.»

Un asunto profesional, como muchos otros que ha atendido con anterioridad el doctor Glass, se convierte en el punto central desde el que se traza el círculo perfecto de la trama y su historia. Una leve desviación sobre la manera habitual en que el protagonista interpreta este tipo de consultas, la convierte en detonante de una serie de planteamientos éticos que acompañan los pensamientos del doctor y el desarrollo de la novela.
Y es que el ser humano es capaz de justificarse por cualquier acto negativo que haya llevado o vaya a llevar a término. Lo más interesante y curioso del caso es que no importa la gravedad del hecho, la justificación requiere el mismo esfuerzo para el pueril suspenso del estudiante, para la insignificante tardanza del impuntual o para el asesinato de millones de personas. El comandante de Auschwitz Birkenau escribió en sus breves memorias que sólo se arrepentía de haber dedicado poco tiempo a su familia.
Es falso que la mala conciencia no deje dormir. La mala conciencia se deshace en el cerebro humano como la miga de pan en el río, y acaba por ser, tan solo, un concepto abstracto en la mente de las buenas personas. El más grande mentiroso, el mayor criminal, duermen como bebés. La conciencia tranquila no garantiza el sueño reparador.

«De la orquesta surgía, precisamente entonces, el enigmático leitmotiv: “No debes preguntar”. Y me parecía que en aquella mística sucesión de sonidos y en aquellas tres palabras descifraba la súbita revelación de una muy antigua y oculta sabiduría. “No debes preguntar”. La suma de verdad que te es útil se te da de balde; viene mezclada con error y mentira, pero es por tu bien, ya que en estado puro te quemaría las entrañas. No intentes purgarte el alma de mentiras, porque con ellas se irán muchas otras cosas en las que no has pensado, y quedarás vacío de ti mismo y de todo lo que es valioso para ti. “No debes preguntar”.»

El final de la novela es de una elegancia majestuosa. La inteligencia convertida en maestría narrativa.

5 de septiembre de 2011

VIDAS ELEVADAS, de Miguel Baquero


Miguel Baquero es un bloguero de éxito. Soy uno de sus lectores habituales, me gusta cómo enfoca los temas que trata y su sentido del humor. Me cae bien, por eso decidí apoyar su trabajo comprando su última novela.

Si se paran a pensar y hacen la cuenta, verán la cantidad de gente “importante” que se cruza diariamente en su camino. En lo que a mí respecta, me puedo encontrar a estas personas en multitud de lugares: en el ascensor del trabajo, cuando paro a repostar en una gasolinera, visitando un museo, cenando en un restaurante… En casi todas partes encuentro gente con cara de eso, de ser muy “importante”. Rostros preocupados que imitan una severa concentración, que pretenden parecer serios.

Miguel Baquero retrata tres tipos de personaje “importante”, adheridos los tres al mundo literario que, al ser cada vez más mundillo, permite la incubación de parásitos cuya incapacidad aumenta en el tiempo exponencialmente, con independencia de su “importancia”.

En Vidas elevadas se alternan momentos hilarantes con situaciones que provocan vergüenza ajena, hastío, pena o ternura.

«Víctor de Pingarrón, el famoso poeta, irrumpió en el panorama de la poesía allá por 1999, coincidiendo con el temido efecto 2000 que aquel año tenía alarmada a la población del globo. Una alarma que él, Pingarrón, en buena medida, contribuyó a incrementar con su primer poemario: “Ojo conmigo”, un libro que causó mucho pasmo y mucho sobrecogimiento entre los lectores de poesía que, por desgracia o por suerte, en España son pocos.»

A pesar de las altas cotas artísticas que supuestamente emanan de cada uno de sus actos, esta gente no hace otra cosa que gastar la mayor parte de sus energías en esquivar todo lo mundano que les rodea, sin darse cuenta que ello no es más que el reflejo de la mediocridad en que se desenvuelven. Hasta tal punto alcanza su inutilidad que poco menos consiguen hacer de la poesía recitada algo proscrito en el pueblo de Mazabuches.

De la importancia de los personajes de la cultura, Baquero pasa a los potentados magos de la industria cultural. Aquellos que dictan los dogmas y propagan el conocimiento y el saber por todos los lugares de la geografía… Eso sí, con suculentas subvenciones de los distintos estamentos públicos. (¡Gran mundo, insondable, este de las subvenciones a los eventos culturales!) A estos señores siguen las personas “importantes”, que tildan de imbécil a quien tenga criterio propio sin ser conscientes de la imagen que dan de sí mismos.

«Asomado a la barandilla de la casa consistorial, el alcalde contempla toda aquella actividad artística con cierta perplejidad. Él siempre había admirado el hecho cultural y se había rendido sin paliativo alguno a las grandes obras de los grandes artistas. A consecuencia de ello miraba con enorme respeto a quienes se dedicaban al arte, sobre todo a quienes, como Lucio Valverde, conseguían triunfar en él; estaba absolutamente convencido de que eran hombres de un nivel superior, gente que se movía en la excelencia indiscutible y cercana al milagro. Del mismo modo respetaba a los críticos artísticos de peso, esto es, a los críticos célebres, a los que escribían en medios importantes: era sin duda, gente erudita, preparada, capaz; tipos que se habían estado preparando toda la vida para participar en ese gran, eterno y maravilloso prodigio que es la creación artística

Vidas elevadas da la impresión de estar narrado en un lenguaje antiguo, muy de principios del siglo XX, tal vez como descarado homenaje a Cansinos Assens.
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