Durante unas vacaciones, un amigo de Beguiristán
me contó que andaba por ahí un librito muy interesante de un tal Sergei Volkov,
compatriota suyo. En él, a modo de diario el tal Volkov cuenta sus vivencias en
la capital de su país durante los días en que se proclamó la I República. El
libro en cuestión se titula Kadril. El
advenimiento de la República.
Mi amigo hablaba maravillas del libro y de su
autor. Así que me lo recomendó con la intención de que conociera mejor su país,
su historia reciente y parte importante de sus protagonistas. Y como me parecía
milagrosa la coincidencia de ambas lecturas, estuve a punto de hacer lo propio
con el libro de Josep Pla, Madrid. El
advenimiento de la República, convencido de que le serviría para entender buena
parte del siglo XX español.
Aún hoy no soy capaz de encontrar los motivos
que me llevaron a no recomendarle el libro de Pla. Pero no me arrepiento lo más
mínimo porque leyendo el de Volkov no me enteré de la misa la media.
Nombres y más nombres que no conocía de nada. Y otra vez más nombres. A pesar
de estar muy bien escrito el autor daba por conocidos los personajes que
plagaban la narración. Me di cuenta de que para entender Kadril. El advenimiento de la República, debía conocer antes la
historia de Beguiristán. Y la verdad, si a un español de a pie le importa poco
la historia de Beguiristán, imaginen a un señor de aquellas tierras lo que
puede importarle la historia de aquí como para tener que estudiarla y así poder
leer un librito de ciento setenta y tres páginas.
En Madrid,
el advenimiento de la República aparecen Cambó, Miguel Maura, Juan March,
Azaña, Eugenio D’Ors, Lerroux, Francisco de Cossío, Alcalá-Zamora… Todos ellos
personajes totalmente desconocidos para mi amigo. El libro está escrito con
gracia e inteligencia, es una lectura entretenida y describe los hechos de
manera concisa y sin maniqueísmos, tal vez por utilizar la mejor herramienta
que un contemporáneo puede usar para evitarlos: no profundizar demasiado.
Y es que Madrid,
el advenimiento de la República es una crónica política escondida detrás de
un diario, destinada a aquellos que leían la prensa y estaban al tanto de los
contoneos políticos del momento.
Hoy, sólo los que conocemos la Historia de
España podemos disfrutar de este libro de Pla. Es decir, pocos.
«Esta semana de la quema de conventos ha habido en Madrid cuatro
corridas de toros en la plaza grande y una o dos corridas de novillos en la
plaza de Tetuán. Todo ha ido admirablemente. Mucha gente.
En esta tierra puede ocurrir cualquier
cosa, incluso algo muy grave, el acontecimiento más sensacional, uno de
aquellos acontecimientos que en otro país preocupan durante mucho tiempo y en
los que, al cabo de poco de producirse, buena parte de la gente toma primero un
aire de suficiencia, luego de real o fingida indiferencia, para acabar glosando
la última ocurrencia del momento. No creo que exista en el mundo imaginación
suficiente para describir las dimensiones que tendría que tener una desgracia o
un simple hecho como para llegar a interesarnos de verdad durante un tiempo
prolongado.»
Poco después de haber escrito esto, tuvo
Pla (como todos los españoles del momento) en la yema de sus dedos una
desgracia a la que dedicaron poco menos de tres años de continuado interés.