8 de julio de 2010

TIERRA DESACOSTUMBRADA (Jhumpa Lahiri)


Jhumpa Lahiri nació en Londres aunque es ciudadana de los Estados Unidos, donde vive desde que tenía dos años.
Al parecer se trata de una escritora con un éxito descomunal, todo lo que publica tiene gran repercusión, por lo visto.
Cuando voy a leer un libro procuro cumplir ciertas reglas que me he impuesto con los años. No son nada complicadas y en absoluto sofisticadas, simplemente son producto de la experiencia. Manías, tal vez. Una de ellas consiste en no ojear la contraportada del libro hasta que haya terminado de leerlo.
Creí que iba a leer una novela, el índice no desvelaba nada que me hiciera pensar lo contrario.
Con un título horroroso, para mi gusto, Tierra desacostumbrada es un libro de relatos. Pero en conjunto son tan homogéneos en su forma, en su técnica y en las historias narradas, que aún habiendo leído los tres primeros, a pesar de su extensión (de treinta a cuarenta páginas cada uno de ellos), pudiera creerse que en cualquier momento las historias van a cruzarse y formar una sola trama. Los tres relatos del final, claramente ligados entre sí, pueden corroborar la sospecha de que se trata de un libro hecho con retazos de ideas precursoras de una novela.
Especulaciones aparte, ciñéndome al contenido, debo decir que Jhumpa Lahiri escribe de manera más que correcta, nos expone historias y personajes bien trabajados y sabe lo que quiere contar. Dicho esto viene el “pero”. Pero cuando termino de leer cada uno de sus relatos, me quedo como cuando empecé: ni un escalofrío, ni un susto, ni un impacto, ni un pestañeo más fuerte que el anterior, ni una interrogación.
Jhumpa Lahiri describe con exactitud el estado de ánimo de sus personajes, sus perfiles psicológicos están tallados al detalle. Con el uso de la analepsis nos informa de sus vidas y entendemos porqué han llegado al término en que se encuentran. Y después de todo eso, nada ocurre que no supiéramos al comienzo de la lectura de sus relatos.
Escribir cuentos, o relatos, es muy difícil. Una de las cosas que pretendo que me ocurran cuando leo uno, es que llegando al punto final se me quede cara de sonado; como quien ha recibido un directo en la mandíbula e intenta mantener el equilibrio mientras lucha por reordenar sus ideas esparcidas por el cerebro como monedas sueltas caídas del bolsillo.
Jhumpa Lahiri, a pesar de sus elegantes movimientos, sólo alcanza a darme un tirón de pelos de tarde en tarde. No basta.

27 de junio de 2010

TODOS LOS HERMOSOS CABALLOS (Cormac McCarthy)


Lo cierto es que otra vez acabo de leer una novela del Oeste.
Hasta que llegué a las novelas de McCarthy nunca había leído novelas sobre vaqueros del Lejano Oeste. Tal vez Los invictos de William Faulkner, que leí hace años, podría encajar en el género.
Este tipo de historias siempre las he relacionado con Marcial Lafuente Estefanía y con un señor que viste ropa de faena manchada de cemento o escayola, sentado en la parada del autobús con un canasto a sus pies, leyendo un pequeño libro de bolsillo cuya portada es el dibujo de un sheriff que desenfunda su Colt para disparar contra un malvado asesino que, entre sus altas botas, se ve a lo lejos.
La historia que se narra en Todos los hermosos caballos es bastante convencional, con independencia de los detalles propios del argumento y de la excelente elección de personajes. Ya dijo García Márquez que sólo se escribe sobre tres temas y sólo sobre tres temas: la vida, el amor y la muerte.
La novela engancha. Los personajes, aunque con personalidades muy bien definidas, no permiten que se anticipe ninguna de sus acciones, lo que provoca inevitablemente que el lector fije su atención en cada párrafo.
Además McCarthy narra con una habilidad de genio. Con leves y sutiles detalles, que apenas se perciben en la lectura continuada de la historia, nos hace creíble la trama y y habitable el paisaje.
“Ensillaron los caballos y ofrecieron pagar la comida al hombre pero él frunció el ceño y les despidió con un ademán y después de estrecharse otra vez las manos les deseó buen viaje y ellos montaron y cabalgaron hacia el sur por la senda llena de baches. Un perro les siguió durante un rato y luego se quedó observándolos.”
Uno de los pasajes de mayor maestría es la narración, con diálogo incluido, de una partida de billar entre dos de los personajes.
El protagonista es nuevamente una persona desarraigada, que cuando encuentra un motivo para establecerse en un determinado lugar, los prejuicios, la corrupción y las casualidades, le obligan a seguir una vida ambulante.
En Todos los hermosos caballos las descripciones del paisaje no son tan abundantes como en Meridiano de sangre ni tan esenciales en el desarrollo de la trama, sin dejar de ser parte importante. Las charlas de algunos personajes son algo más extensas que en otras novelas de este autor pero el protagonista mantiene ese diálogo seco, tajante y breve tan propio de la escritura de McCarthy. De hecho, se puede decir que el joven protagonista habla más con su montura que con las personas.
“… y él le hablaba mientras cabalgaba y le decía cosas del mundo que eran ciertas en su experiencia y le decía otras que podían ser ciertas para ver cómo sonaban al decirlas.”
Me resultó curioso, cuando en un momento determinado de la historia un personaje se marca un largo e interesante monólogo, percibir cómo el autor no puede evitar destapar su interés por Méjico y el conocimiento que posee de este país, escenario de gran parte de su obra literaria.
Cerca del final se narra el encuentro con unos niños mejicanos. De nuevo McCarthy sorprende con la capacidad de plasmar una ternura infantil, palpable, creíble, reflejada tan sólo con el diálogo. De nuevo, como en Meridiano de sangre, el autor encauza el final de la historia con la aparición de unos niños. Éstos parecen ser el aglutinante de todo lo ocurrido, los que con sus preguntas y respuestas permiten al lector tomar aire y hacer recuento de cada hecho y sus consecuencias.
Aquí sí, cerca del final, el paisaje vuelve a tener fuerza, vuelve a mostrarse como lo único que permanecerá, como nuestra conexión con el universo, al que todo pertenece. Así quedamos a la espera de la próxima novela de la trilogía:
“Cabalgaba con el sol cubriéndole la cara de cobre y el viento rojo soplando del oeste sobre la tierra crepuscular y los pequeños pájaros del desierto volaban gorjeando entre los helechos secos, y caballo, jinete y caballo pasaban de largo y sus largas sombras pasaban en tándem como la sombra de un solo ser. Pasan y palidecían en la tierra oscurecida, el mundo venidero.”

20 de mayo de 2010

UN TRANVÍA EN SP (Unai Elorriaga) (II)


Empieza la novela con un viejecito entrañable que recuerda, entre el vaivén de la razón, a un amigo, conductor de tranvía. Su hermana, también en la vejez, parece ser su único soporte, que se soporta a la vez en el entrañable viejecito.
¡Qué solos están los viejos! ¡Qué lejos quedan los viejos!
La vulnerable vejez se asemeja tanto a la primera infancia de un recién nacido…
Una de las frases que más me han impactado la dijo el Papa Juan Pablo II en sus últimos años de vida. Decía algo así como “Miradme, soy viejo y estoy enfermo, sí.”
No queremos ver a los viejos. No queremos que nos molesten la vista. No queremos que nos estorben el tiempo. No queremos que nos distraigan la comodidad. Por eso es fantástica la aparición del joven Marcos y por extensión la de la joven Roma. De la manera más natural los viejos y el joven se convierten en familia. Ni unos extrañan las excentricidades del joven ni el otro extraña las excentricidades de los viejos. Nada está fuera de lo común. Y es que la convivencia hace que todo sea llevadero. La aparición de los jóvenes en el último tramo de vida convierte en bello lo anodino y habitual en la vida de un anciano. La juventud más plena junto al final más cierto.
La belleza más simple del amor más natural. El joven lava los pies del viejo como toca la guitarra o decide dejar de tocarla. Todo está unido, encadenado.
Seremos viejos, si todo funciona normalmente, sólo espero que podamos tener la suerte de Lucas.
Todo es más simple de lo que deseamos creer. Porque nadie muere entre fanfarrias, ni nadie ante la muerte decide hacer o decir algo trascendente. Tal vez en ningún otro momento de la vida se sea más consciente de lo efímero que es todo, de lo simple que resulta todo.

16 de mayo de 2010

UN TRANVÍA EN SP (Unai Elorriaga)


¿Y ahora qué digo de este libro?
Hablamos de la primera novela de Unai Elorriaga, publicada cuando aún no había cumplido los treinta años. Un joven escritor entre tantos miles.
Esta novela es un engañabobos. Me explico:
Cuando terminas su lectura piensas que está bien. Que es entretenida y simpática. Algo si no original, sí fresco y actual. Da la impresión de resultar interesante haberla leído. Utiliza la simpleza (en su más amplio significado) de manera que al final de la lectura le deja a uno un “no sé qué” agradable. Pues eso. Bien. Vale.
Pero resulta que esta novela recibió el Premio Nacional de Narrativa 2002.
Y es que el Premio Nacional de Literatura en la modalidad de Narrativa es otorgado por el Ministerio de Cultura a la mejor novela publicada, el año anterior, en cualquiera de las lenguas de España. ¡Toma ya!
Sabido esto es cuando el concepto de la novela cambia completamente.
Debemos estar ante una obra algo más que aceptable. Estamos ante una novela seria. Entonces uno se pregunta: ¿Es Un tranvía en SP la mejor novela publicada en España el año 2001?
Así pues, una simpática novela con un premio de tal calibre, pasa a ser tratada como una novela ratificada y recomendada al más alto nivel de la literatura española. Lo que implica que el lector tenga unas fundadas expectativas de total maestría en la imposible tarea de contar historias por escrito. Hablamos de la mejor novela del año. ¡Ahí es nada! En este trance es cuando se nota que algo falla porque lo leído ni de lejos se asimila a una obra magistral. A partir de aquí, el lector reflexiona y analiza de modo más riguroso el texto, como merece la mejor novela de 2001, y sin mucho esfuerzo ese agradable “no sé qué” se descubre como algo sin sustancia.
Como ya se ha dicho, la trama es simple como ella sola. No por la sencillez de los personajes o la historia. Entiéndase simple como simpleza, como mirar una oveja triscando hora tras hora. Esto desorienta e incluso desarma, aunque en principio no tiene por qué estar mal. Pero resulta, además, que el lenguaje usado es plano, ramplón y simple, sí. Lo que en un sentido práctico es muy ventajoso, pues se lee con facilidad, a la hora de juzgar la novela como una obra de arte, la coloca a la altura de la más brillante redacción escrita por un estudiante de bachillerato que no comete faltas de ortografía. Hoy en día, sólo esto último es todo un mérito que merece un premio, tal vez el Premio Nacional de Narrativa otorgado por el Ministerio de Cultura.
“Fue Marcos el primero en subir al muro. Eran algo más de dos metros. Se puso de pie. De idéntica forma a la que se pondría de pie encima de un muro de algo más de dos metros cualquier persona de treinta y cuatro años. Incluso cualquier persona de treinta y tres años.”
El desorden narrativo merece ser catalogado de legendario, no precisamente por traer a la memoria a Robert Walser sino por ocultarse cucamente detrás de una historia comandada por la demencia de un senil protagonista, hermano de una senil protagonista a los que se une un joven que bien podría solicitar una paga del Estado y no lo sabe. Esto de narrar entre gente rara no deja de ser una buena excusa para no trabajar como es debido en el libro que estás escribiendo.
La novela está repleta de toques poéticos con sabor a comida recién sacada del tuperware. Y es que el filete empanado está muy rico para una excursión a las afueras de la ciudad, sin mayor pretensión que la de pasarlo bien. Lo que hace que uno se ponga a la defensiva es que te intenten hacer creer que lo que comes es nouvelle cuisine y que estás en París.
“Ahora por lo menos tengo esa opción: pasar todo el día en casa sin sacar la guitarra de la funda. Leer, comer, leer, mirar por la ventana, leer. Hasta la noche. Pero esa especie de vacación tiene un inconveniente; inmenso, no obstante: se me enfrían los pies. (...) Entonces no me queda otro remedio que tomar sopa. Pero hay veces que falla, que no llega hasta los pies, y me acobardo. Hay, sin embargo, otra forma de calentar los pies: leer la Biblia.”
Tras el premio viene el mercadeo. El dinero paga los palmeros con algún corifeo más o menos famoso, jaleando la supuesta genialidad de lo simple, de lo sencillo. Revistas, diarios, radio y televisión esparcen el mensaje y todos aplauden. El traje nuevo del rey, vamos.
Pues lo siento, yo veo al rey en ropa interior.
No soy injusto al tratar así esta simpática novela. Son injustos los que conceden semejante premio a una novela semejante. Tal vez lo injusto sea que exista este premio.
Repito: ¿Es Un tranvía en SP la mejor novela publicada en España el año 2001?

9 de mayo de 2010

LAS SEIS MEJORES NOVELAS RESEÑADAS EN 2009

He visto en otros blogs que sus autores cuelgan listas de los libros que más les han gustado durante el año transcurrido.
Teniendo en cuenta que, por distintas causas, mi ritmo de lectura ha decaído de manera insuperable, aprovecho para intercalar una entrada con la lista de los seis libros que más me han gustado, de los reseñados en este blog, el pasado año 2009.
1º LA COMEDIA HUMANA, de William Saroyan
2º ELEGÍA, Philip Roth
3º LOS DESNUDOS Y LOS MUERTOS, de Norman Mailer
4º CHESIL BEACH, de Ian McEwan
5º SIETE MENTIRAS, de James Lasdun
6º QUIEN PARPADEA TEME A LA MUERTE, de Knud Romer

22 de abril de 2010

HOGUERAS EN LA LLANURA (Shohei Ooka)


Shohei Ooka, nació en Tokio en 1909. Se licenció en Literatura y se especializó en la literatura francesa, de la que tradujo al japonés gran cantidad de obras. En 1944 ingresa en la Armada. Es capturado por el ejército estadounidense en 1945. Repatriado a Japón al cabo de un año, inició una fructífera y exitosa carrera de escritor.

Desde aquella ola televisiva de videos caseros japoneses, todo el mundo conoce la manera de distinguir un niño chino de un niño japonés, a saber: se coge al niño en cuestión y se le deja caer, aquél que rebote es japonés. Sólo así se explica la resistencia del protagonista: ser japonés.

Shohei Ooka, nos cuenta la historia, deduzco que autobiográfica en parte, de un soldado japonés que sobrevive en solitario a la desastrosa derrota de su ejército en la batalla de la isla de Leyte. Las penurias y calamidades que sufre el soldado, tanto físicas, por el hambre, como psíquicas, por la soledad, el miedo y el hambre, sólo son soportables por un elegido… o por un japonés.

La guerra es un caos. Un desorden, quiero decir. Además de muerte y destrozo es algo muy poco aseado. Inconscientemente desplazamos la geometría de los desfiles al campo de batalla. Es mentira, no hay campo de batalla ni líneas que parezcan trazadas con escuadra y cartabón. Un desfile militar es a la guerra lo que la serie de televisión Anatomía de Grey es a la vida de un hospital.
La desbandada ante la derrota, el desorden, la suciedad, la sed, la enfermedad, el miedo, la ropa hecha jirones… Por eso los militares juegan a ser tan limpios y ordenados en tiempo de paz porque cuando tienen que desempeñar su trabajo huelen a excremento y están sucios permanentemente.

La novela, a pesar de las grandes diferencias, me trae a la memoria los padecimientos narrados por Primo Levi. Una gran diferencia: los judíos eran las víctimas de la masacre y los japoneses siempre han masacrado a sus vecinos cuando no se masacraban entre sí. Otra gran diferencia es que Primo Levi escribe mucho mejor.

A pesar de que la novela está bien escrita, puede no ser interesante en determinados pasajes, precisamente porque plasma de manera muy creíble la soledad de un soldado en plena selva tropical rodeado de enemigos. Se hace largo aguantar las reflexiones del protagonista aunque nunca aburre.
La historia mejora (de hecho es lo mejor del libro) cuando el hambre y el abandono hacen de la antropofagia algo presente y permanente, a pesar de la lucha interior del protagonista. Y es que cuando se pasa hambre hasta el extremo de poder morir, se mira a los congéneres con otros ojos. Y si el que te mira es un japonés, para que contar.
Los momentos más interesantes de todo el libro se encuentran en esta parte. Es cuando más cosas ocurren y cuando los personajes involucrados, incluido el protagonista, se destapan como actores dignos de interés para el lector. Disfrutando de las tensiones psicológicas que se viven, me vino el recuerdo de El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad. Se puede discernir que sólo por esto el libro merece la pena.
Al final, el autor se lía. Parece querer terminar de una manera pero da la impresión que cambia de idea mientras escribe el último capítulo y decide que el desenlace sea algo más irreal y extraño.

8 de abril de 2010

MERIDIANO DE SANGRE (Cormac McCarthy)


Tengo entendido que a la fecha de escribir esta reseña, está en proyecto, o rodándose, una película basada en esta novela. Desde ya me arriesgo aventurar que ni de lejos se acercará al contenido literal de la historia.
El autor lanza la historia con una concisa biografía de un joven de dieciséis años. Y en las trece primeras páginas ocurren más cosas y se hallan más emociones que en muchas novelas de trescientas.
La violencia como algo cotidiano, como parte fundamental en la existencia, en el sentido de la vida. McCarthy relata sin alardes, sin emoción, de manera aséptica, situaciones de una violencia inimaginable. Nos hace recordar que la violencia incontenible e incomprensible se funde con la naturaleza sin que ésta se inmute. Porque vida, belleza, violencia y muerte forman parte del mismo universo.
La narración se recrea en los paisajes y la psicología, a veces primaria, de los personajes. Descripciones extensas y poéticas del Desierto de Sonora se intercalan con escenas de muerte y angustia. Los diálogos son cortos, escuetos y de una precisión desconcertante.
El lector prevé un relato lineal de las aventuras del joven. Pero curiosamente durante gran parte de la novela es protagonista explícito de la narración. Desaparece de escena mientras se narran las peripecias de los personajes secundarios; sin embargo siempre lo tenemos presente, hasta que nuevamente aparece como personaje principal sin que en ningún momento lo hubiéramos echado de menos o su ausencia hubiera resultado incongruente en la estructura narrativa.
Digno de mención es el personaje del juez. A mi entender, verdadero protagonista de la novela. El juez es la muerte. Es la elección irrenunciable que devora a sus partidarios. Si participas en su juego y te bañas en sangre, te pedirá el pago de la deuda. Y nada, nada que no sea pagar, vale. Quien a hierro mata a hierro muere.
Tal vez algunos pasajes introspectivos de los pensamientos e ideas del juez se hagan más complejos y difíciles de entender a primera lectura. Pero Cormac McCarthy tiene el don de los grandes narradores. Ese don hace que, mientras vas leyendo, te des cuenta de que una extraña atracción provoca que no quieras parar de leer.

25 de marzo de 2010

Por cierto, un año de blog.


Imgino que de pequeño me acordaba de mis cumpleaños, no tengo memoria de ello. He sido un niño normal y acordarse de su cumpleaños entra dentro del perfil de niño sin patologías dignas de mención. Pero ya de adulto, cada uno de mis cumpleaños los he recordado cuando a mediodía de la fecha en cuestión recibía en el trabajo la llamada telefónica de mi madre, felicitándome.
Sigo con la misma falta de memoria. Felicitando a quien se lo merece, recordé que el pasado tres de marzo, Atisbos cumplió un año de andadura.
Sirva esta entrada como simple constancia de un hecho sin trascendencia.
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