16 de junio de 2011

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8 de junio de 2011

Motivo para no leer una novela

Ya he comentado en otra reseña que cuando empiezo la lectura de una novela evito leer cualquier abalorio que la acompañe; entiéndanse como tales las fajas, las contraportadas, las solapas e incluso los prólogos de otros autores (que casi siempre destrozan a cualquier lector ilusionado). Lo que sí hago cuando bicheo en una librería y me intereso por un libro del que no tengo referencia, es leer la primera página, rara vez entera. Por lo general con el primer párrafo basta.

El comienzo de un relato es decisivo. Esto es algo de manual. Por muy larga que sea la historia, por muy sesudo que sea el soporte intelectual, por muy desenfadado o trivial que sea el argumento, el primer párrafo de una novela existe, únicamente, para enganchar al lector. Sólo para eso.

De los cientos de lecturas que tengo pendientes y que casi diariamente van aumentando su número, adivinen por el párrafo inicial que transcribo, cual de estas tres no voy a leer.

Primera novela:
«En cuanto bajé del tren en la estación de Umeda, cogí un rikisha y fui directo a casa de Okada como me había pedido mi madre. Okada era familia lejana suya, pero en qué grado, era algo que desconocía por completo.
Yo tenía mis propias razones para ir a verlo nada más llegar a Osaka. Una semana antes de venir había quedado en encontrarme con un amigo en la ciudad para subir juntos al monte Koya y, en caso de disponer de tiempo suficiente, llegar hasta Nagoya desde Ise. No sabíamos exactamente dónde reunirnos y fue en ese momento cuando se me ocurrió darle el nombre y la dirección de Osaka.
»

Segunda novela:
«No puedo ver mi maleta entre la gente que se agolpa alrededor de la cinta número cuatro. Es una maleta de lona gris de tamaño mediano que no cabe en la cabina de los aviones. La compré en un viaje que hice a Nueva York hace un par de años y ya sabía yo que iba a ser demasiado grande para no tener que facturarla. Le insistí a la dependienta, pero me aseguró que era un tamaño homologado por la normativa internacional de aviación como equipaje de mano. Suelo creer a la gente que dice las cosas con tanta seguridad. Lo he intentado tres veces en tres vuelos distintos, pero nunca me han permitido que mi maleta de lona gris viaje a mi lado.»

Tercera novela:
«Salimos de La Guardia, Nueva York, con tres horas de retraso a causa de las borrascas de nieve. El aparato era, como de costumbre en aquel trayecto, un Super-Constellation. Yo me dispuse inmediatamente a dormir; era de noche. Aguardamos cuarenta minutos más, fuera, en la pista; nieve frente a los reflectores, nieve pulverizada, remolinos sobre la pista, y lo que me puso nervioso hasta el punto de no dejarme conciliar inmediatamente el sueño no fue la revista que distribuyó la azafata, FIRST PICTURES OF THE WORLD’S GREATEST AIR CRASH IN NEVADA, novedad que yo ya había leído a mediodía, sino únicamente aquella vibración en el aparato pegado al suelo con los motores en marcha —y además aquel joven alemán a mi lado, que llamó inmediatamente mi atención, no me explico por qué…»

2 de junio de 2011

KINSHU, de Teru Miyamoto


Teru Miyamoto es uno de los autores con más éxito de Japón. Nació en Kobe, en 1947. Kinshu es la primera novela de este escritor que se traduce al español y que publica Ediciones Alfabia en una excelente edición.

La novela comprende la breve relación espistolar de los dos protagonistas, un matrimonio divorciado después de un grave incidente.
La fragilidad imperceptible de la vida se pone en evidencia cuando una decisión, tan trivial como cualquier otra de las que se toman diariamente, se transforma en un brutal error sin que haya ocurrido nada especial, nada extraño que avisara del desastre que se cierne.
Diez años después de su divorcio, tras un encuentro fortuito, los protagonistas comienzan un intercambio de cartas que permite aclarar las incógnitas del pasado, explicar el comportamiento de cada cual y, a la vez, reflexionar sobre el sentido de la vida y, como no, su inseparable relación con la muerte.

No me fío de los relatos con forma epistolar. Tarde o temprano el narrador, para informar al lector, le cuenta al destinatario algo que éste ya conoce de antemano y el lector termina por verse inmerso en una embarazosa situación ante la que no queda más remedio que disimular. Es algo grosero.
Leyendo Kinshu no me he sentido incómodo. Miyamoto consigue reflejar a través de sus cartas las personalidades de cada protagonista. Los pensamientos más profundos no se exponen de manera pomposa o académica. Son reflexiones llanas, asequibles y no por ello menos interesantes.

Defecto: en un determinado momento, el protagonista le escribe a su ex mujer acerca de las perspectivas de un negocio que tiene entre manos. Y Miyamoto permite que el individuo nos plante una retahíla de cuentas que sobrepasan lo deseable. Es más, lo deseable sería que en las novelas se prohibiera narrar cualquier tipo de cálculo. Lo dice uno de Ciencias.

En la vida todo es reparable de una u otra manera. Si un local se quema, se reconstruye y vuelta a empezar. Si una relación se calcina, un tiempo prudente en la unidad de quemados permitirá a las dos víctimas reanudar su camino, por separado.

14 de mayo de 2011

LOS BOSQUES DE UPSALA, de Álvaro Colomer


Álvaro Colomer nació en Barcelona, en 1971. Es periodista. Colabora con diversos diarios y revistas de ámbito nacional. Tiene publicados varias novelas y libros de relatos. Los bosques de Upsala cierra la que ha denominado Trilogía de la muerte urbana.

Escribir una novela cansa. Cansa mucho. Se dedican miles de horas a manosear un tema y darle forma congruente y creíble. Hay que tener paciencia y mucha capacidad de trabajo y constancia. Pero sobre todo, en unas ocasiones más que en otras, hay que tener un sólido soporte intelectual que permita moldear de manera efectiva la idea inicial. Por eso no soy capaz de escribir una novela.

«A menudo maldigo el día en que alquilé este apartamento en forma de cruz. Cada atardecer, apenas regreso del trabajo, observo el pasillo y recuerdo la tarde en que mi esposa, hace aproximadamente un año, me comunicó que estaba harta de vivir en un lugar tan vinculado a la muerte como este. Luego añadió que a veces, cuando atravesaba el umbral de casa, le entraban ganas de echar a correr, tirar el bolso a medio camino y, alcanzando la terraza, saltar esa barandilla tras la cual se abre un abismo de siete plantas.»
Así comienza Los bosques de Upsala. No está mal, el lector queda a la expectativa. En este primer capítulo (la novela tiene seis), se concentra toda la calidad que pueda contener este libro. La soledad es una silla abandonada en mitad de la calle, que va quedando atrás, cada vez más lejana. Las historias personales que cuenta el protagonista están narradas de manera creíble, con unos niveles de intimidad tales que parecen una confesión de alguien real.

Pero Álvaro Colomer se dejó ganar por la impaciencia. La novela con el paso de las páginas pierde calidad de una manera tan alarmante que termina por ser una mala novela. Esto hace que se descubra un trasfondo intelectual y filosófico paupérrimo, tratándose de un tema tan doloroso y difícil. Por ello, intenta ocultar esta carencia narrando las muertes con descripciones tipo casquería, queriendo mostrar la gravedad del problema enseñando las vísceras de los suicidas.

Como mis reseñas suelen ser muy cortas, aprovecho algo del relleno de Colomer en este libro y hago más aparente esta entrada.
«De pronto siento el impulso de tentar a la suerte. De demostrar a Elena que, en lo más profundo de mí mismo y pese a que en ocasiones prefiera engañarme forzándome a pensar lo contrario, sé que su estancia en este mundo dependerá de ella, sólo de ella y de nadie más que de ella. Por más trabas que le ponga, mi esposa continuará en el reino de los vivos únicamente si así lo desea. Aunque me esfuerce en impedirlo, aunque la atiborre de antidepresivos, aunque le pague los mejores médicos, si ella decide quitarse de en medio, nada podrá evitarlo. Ni la ventana cerrada, ni la desaparición de los cuchillos, ni tampoco el vaciado de los botes de lejía. Y es que alguien que quiera morir, alguien que realmente quiera abandonar un mundo a su entender podrido, alguien que necesite hacer eso por encima de todas las demás cosas, y por tanto alguien que prefiera desvanecerse en la muerte a continuar a mi lado, encontrará siempre y en todo momento la forma de aniquilarse. Nada puede frustrar el suicidio de quienes se proponen de un modo impetuoso terminar con sus días. Absolutamente nada…» Y sigue así durante una larguísima y vacua parrafada.
El sentido del párrafo citado puede valer para la intención de subir una escalera o de aparcar el coche en unos grandes almacenes. Subir una escalera no tiene la misma importancia filosófica y vital que el tema del suicidio, por eso no pueden tratarse ambas cosas de manera similar.

Se ve que el autor ha leído libros sobre el asunto del suicidio. Y como no podía dejar tanto trabajo para sí mismo o para su correcto desarrollo dentro del texto, nos suelta otra parrafada más, ésta puesta en boca de un psiquiatra. Explicación que, al ser un médico de urgencias quien la da, queda profusa en exceso.

En otro momento el protagonista abronca a los clientes de una bar, a todos, y éstos avergonzados y poco menos que haciendo acto de contrición, agachan sus cabezas. A esto se le llama no distinguir una novela de una película de Hollywood.

La escritura de Colomer es de muy limitada calidad, con giros y palabras manidos que interrumpen el ritmo por su falta de originalidad.
El uso, en varias ocasiones, del eufemismo “politiqués” «en este país», chirría cada vez que se lee, como no podía ser de otra manera si se trata de hacer literatura.

«Pero el experimento no concluyó en este punto. Porque aquellos científicos, ávidos por continuar investigando y sospecho que disfrutando con el sufrimiento infligido a aquellos animales, repitieron el ejercicio con otros individuos de la misma especie…»
Quien cuenta esto es el protagonista, que es entomólogo. Sólo un endeble soporte cultural explica que se pueda caer de manera tan facilona en lo políticamente correcto.

Me quedan por transcribir anotaciones. Pero a estas alturas cualquier apunte más, sobra.

Leída esta novela mi ánimo se envalentona y comienzo a plantearme la idea de escribir algo. Pero, ahora que caigo, lo importante no es escribir es que te publiquen lo que escribes. En eso consiste ser un buen escritor.
En fin, que Los bosques de Upsala es, por tanto, una buena novela.

4 de mayo de 2011

Cuaderno 10


El portal de literatura Cuaderno 10 ha tenido a bien publicar, en la sección Opinión del Lector, mi reseña del Diario del hombre pálido, de Gracia Armendáriz.
http://www.cuaderno10.com/

20 de abril de 2011

LA CASA DE LAS BELLAS DURMIENTES (Yasunari Kawabata)


Yasunari Kawabata nació en Osaka, en 1899. Se licenció en la carrera de Literatura japonesa por la Universidad de Tokio. Yukio Mishima fue su discípulo, además de gran amigo, con quien mantuvo contacto hasta la muerte de éste. En 1972, cuatro años después de recibir el Nobel de Literatura, muere de manera extraña. Sus biógrafos y estudiosos parecen coincidir en el suicidio como causa de su muerte, aunque su viuda y demás familiares nunca admitieron tal posibilidad.
Hace tiempo leí de este autor Lo bello y lo triste, que me gustó bastante. Así que, aún teniendo en casa demasiadas lecturas pendientes, no pude evitar coger de la biblioteca pública este libro. Unas doscientas páginas. Pensé que iba a leer una novela, pero se trata más bien de un relato largo que comparte edición con otros dos cuentos del autor.
En La casa de las bellas durmientes Kawabata nos cuenta una historia extraña. Lo que parece una clara muestra de satirismo más que estomagante, se transforma en una cota desde la que se otea el inevitable final de la existencia humana, lento y cruel, que el autor, de manera muy pesimista, muestra como una transfiguración del hombre en no hombre, en algo repelente, feo, inservible: en un anciano.
Se nos expone el intento de retardar el final ineludible a través del contacto con la mujer joven, aunque sea mediante una relación bastarda. Y se nos muestra el patetismo de la condición humana, el propósito de retardar la muerte mediante la memoria, que es volver a vivir lo ya pasado.
Al final la muerte, efectivamente, se hace presente. Pero la muerte tiene la misma cara para todos, sin excepción.

12 de abril de 2011

EL HACEDOR DE SILENCIO (Antonio di Benedetto)


El hacedor de silencio”, me gusta el título con que Plaza y Janés publicó esta novela. No obstante, hay que reconocer que tal vez sea más acorde con el contenido, el título (más hispanoamericano) de la primera edición: “El silenciero”.
Estructurada en cortos pasajes y con apenas doscientas páginas, es un libro que se lee sin esfuerzo.
Di Benedetto continua con su kafkiana fijación por lo absurdo. En esta ocasión el comportamiento humano, revestido de absoluta normalidad, de un razonamiento aparentemente cabal, se pone en evidencia de tal modo que se muestra como la causa de ridículas situaciones y de fatales desenlaces.
Nuevamente la atrayente prosa de di Benedetto enriquece la sencilla historia, una trama con pocos personajes, que se mueven en un pequeño círculo de relaciones y paisajes que conforman sus vivencias.
El hacedor de silencio” da muestras claras de que quien escribe no es un autor más. Di Benedetto, a medida que se lee, va dejando una estela apenas perceptible, que provoca en el lector una confusa sensación que le hace creer que por fin conoce las respuestas.
Detalles que me parecieron geniales en McCarthy resulta que ya estaban en una pequeña novela publicada hace más de cuarenta años. Tristemente para él, di Benedetto escribía en español, pecado imperdonable en nuestro mundo hispano, que del anglosajón coge a toneladas desperdicios y retales inservibles.
«Besarión ha venido. Mi madre no sabe si permitirle que me vea en cama y magullado. Lo deja en la vereda y viene a consultarme. Que pase.
Pasa.
»
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