22 de noviembre de 2013

LAS NOVELAS TONTAS DE CIERTAS DAMAS NOVELISTAS, de George Eliot



George Eliot es el seudónimo de Mary Anne Evans. Nació en Warwickshire el 22 de noviembre de 1819. Con una formación que rara vez se dispensaba a las mujeres de la época, tras la muerte de su madre tiene que abandonar los estudios siendo autodidacta desde entonces.
Llegó a ser subdirectora de la prestigiosa revista Westminster Review lo que la permitió estar en contacto con las figuras y tendencias literarias de su tiempo.
Al parecer es autora de dos obras maestras de la literatura inglesa “Felix Holt, el radical” (1866) y “Middlemarch” (1872). Está considerada la más importante escritora de la época victoriana. Emily Dickinson y más tarde Virginia Woolf se encuentran entre sus admiradores incondicionales.

En este opúsculo la autora hace alarde de una finura y una acidez tan inteligentes que, a pesar de mi indigencia lectora, me consuelo apuntando como futuribles las novelas que señalé más arriba.

Así, de una novela titulada La vieja iglesia gris, dice:
«La autora no parece tener un conocimiento destacable de nada en concreto; y tampoco resulta sencillo determinar cuales son las etapas en que ha cosechado la experiencia de la vida, si exceptuamos ciertos vulgarismos estilísticos que denotan claramente las ventajas obtenidas, pese a su torpeza para sacarle provecho, de su trato con hombres y mujeres cuyos modales y temperamento lucen protuberancias y ángulos no atenuados por el convencionalismo más refinado.»

Degenerando, degenerando, por desgracia llegamos al momento, más de un siglo después de su publicación, en que mucha de la bilis que vierte la Eliot podría ser una crítica plausible a los escritos de mucho escritor, con independencia del sexo, que anda suelto por ahí.

«La disculpa habitual para las mujeres que se hacen escritoras sin reunir ninguno de los requisitos necesarios es que la sociedad les impide entrar en otros terrenos profesionales. La sociedad es un ente muy culpable, al que se puede atribuir la producción de incontables objetos dañinos, desde los pepinillos en mal estado hasta la mala poesía.»

No obstante, como trasfondo queda el sabor amargo de la impotencia e indignación que una mujer con verdadero talento y capacidad de usarlo con inteligencia debía sentir al ver que su punto de partida era mucho más desfavorable por el hecho de no ser hombre. Dicho sea esto sin tufo alguno de condescendencia porque, a pesar de aquello, también se denota la plena aceptación del papel impuesto por los usos de la época. Aceptación que no significa libre elección, pero eso es otro asunto… Además, la autora supera toda adversidad y obstáculo con una calidad literaria que pocos autores ingleses han igualado.

Siempre es muy agradecido disfrutar del cinismo británico, inigualable en lo descaradamente dañino y, si fuera conveniente, refinadamente injusto.
Lectura veloz y divertida.

«Un buen número de grandes escritoras, tanto vivas como fallecidas, acude a nuestra memoria como prueba de que las mujeres pueden darnos novelas no solo buenas, sino entre las mejores del mundo.»

9 de octubre de 2013

MIENTRAS AGONIZO, de William Faulkner



Leer a Faulkner tiene una gran ventaja: abre los ojos al lector descubriendo una influencia de tal magnitud que alcanza a mucho de lo bueno que ha leído. Y un pequeño inconveniente: que tan basta influencia hace recordar los insignificantes artilugios de mucho escritor “moernito” y mediocre. Pero vayamos al lío.

La matriarca de una familia campesina va muriendo en la cama mientras por la ventana entra el sonido del claveteo y el cepillo dando forma a la madera para convertirla en ataúd. Y la buena mujer no tiene otra ocurrencia que pedirle a su marido que la lleven a enterrar junto a unos familiares a más de cien kilómetros de distancia, que en el siglo XIX, por la lentitud de los transportes, supone un serio y desesperante inconveniente sólo comparable hoy día con un viaje en el “metro” de Sevilla.
Digo que lo de la señora Bundren, que así se apellida la protagonista de cuerpo presente, es una ocurrencia porque la familia que deja en este mundo está tocada por un gen que, cayendo en cascada, paraliza cualquier atisbo de sentido común en los miembros de las dos generaciones familiares que se hacen responsables del encargo. Es decir, sé que soy la única con un poquito de sesera y les impongo a estos algo que dudosamente sabrán realizar. Después de mi, la nada.

Dejando aparte la ya conocida técnica del flujo de pensamiento, desde el principio, inmoderación mental aparte, Faulkner se las arregla para humanizar a los personajes, los acerca al lector que se ve obligado a tomar partido en la aventura. Imposible elegir por eliminación; tal vez haya un favorito pero el lector se lleva puesto el conjunto.
«Cuando era pequeño me enteré por primera vez de cuánto mejor sabe el agua cuando ha pasado un buen rato en un cubo de cedro. Fresquita, con un leve sabor parecido al olor del viento caliente de julio en los cedros. Tiene que pasar seis horas por lo menos, y hay que beberla con calabaza. El agua nunca se debe beber con nada de metal.
Y de noche todavía sabe mejor. Entonces muchas veces me quedaba tumbado en el jergón, en el zaguán, esperando hasta oír que todos se habían dormido para levantarme y volver al cubo. Estaba oscuro, la quieta superficie del agua era un orificio redondo en la nada, donde antes de agitarla y despertarla con el cacillo a veces veía una estrella o dos en el cubo, y hasta puede que en el cacillo, antes de beber, una estrella o dos. Después de eso crecí, me hice mayor.»

Con este panorama Faulkner tiene campo abonado para montar un complejo diseño narrativo en el que se combinan los pensamientos de los protagonistas con unos hechos que lindarían con lo cómico si no lo impidieran firmemente la apariencia y el fondo de la familia Brunden. Así, alargándose el viaje más de lo previsible y de lo deseable, el patetismo va ganando terreno y los personajes se muestran como seres indefensos y perdidos, cohesionados como familia sólo por la costumbre y el sufrimiento individual cuyo sumatorio, de manera increíble, se apelmaza como un sufrimiento común.

21 de febrero de 2013

NADA QUE HACER, de Juan Madrid


Juan Madrid, periodista y escritor malagueño nacido en 1947, abarca con su abundante obra casi todos los géneros: cuentos, novelas, artículos, guiones... No he sabido de nadie que hable mal de lo que escribe.

Juan Madrid ha intentado ser honesto a la hora de ambientar esta historia. Sólo lo consigue en parte. Porque si bien cae en el tópico del banquero malo-malísimo que inevitablemente trae a la mente del lector el decorado de los malos-malísimos, ya saben: ese que maneja los hilos desde la altura de un rascacielos, acomodado en un despacho con paredes forradas de madera, butacas y sofás de piel, alfombra de piel de tigre y tal vez algún decapitado trofeo de caza colgado de la pared... Si bien se deja llevar por el estereotipo, todo ello se narra dentro de un paisaje real, sin héroes casi inmortales capaces de meter una bala entre las cejas del enemigo mientras saltan de un coche en marcha.

La historia se lee muy a gusto, es corta, es distraída e incluso bastante dinámica en el devenir de los hechos. Aunque contiene detalles progres son de temprana progresía, de aquélla llena de esperanza que se imponía en la Transición y que vista hoy, con la distancia del tiempo, el conocimiento que dan los años y el desengaño que provocan los acontecimientos, la vergüenza ajena que debería provocar se disipa y da paso a la tristeza y la añoranza.

Nada que hacer transmite el olor avinagrado de mostrador de nogal con restos mezcla de vino barato y cerveza. Huele a polvo de talco entre los pliegues carnosos de alguna puta que declina con la edad. Rememora coches de carrocería dura, metálica y con aristas, coches de volantes gigantescos. Hombres con bigote, con extrañas melenas apelmazadas y cazadoras de cuero ajustadas en la cintura.

«Roca escuchó otra vez la rata roer el papel de la pared. Eran las siete de la tarde y por la ventana atrancada no entraba ni un rayo de claridad. La oscuridad era casi total. Sólo el ascua de su cigarrillo trazaba una curva desde su boca hasta el pecho y encendía, durante segundos, las arrugas de su cara y su pelo blanco

Es agradable terminar una novela y notar que nada chirría más allá de lo necesario para contar una historia.

6 de octubre de 2012

LOS GOZOS Y LAS SOMBRAS I - EL SEÑOR LLEGA, (Gonzalo Torrente Ballester)



Cuando a Cela le dieron la noticia de que había conseguido el Nobel de Literatura, las alternativas que modestamente propuso como más acertadas fueron Delibes y Torrente Ballester. Por algo sería.

En el primer volumen de la trilogía Los gozos y las sombras, El señor llega, se disecciona la vida de una pequeña localidad gallega, analogía de la España de los años treinta. Años treinta, Reconquista o Siglo de Oro, cuando de heder se trata, todos desprenden el mismo tufillo que hoy se respira. Siempre se repiten las mismas pautas de abuso, de cobardía, de sometimiento, de hipocresía, de ignorancia, de manipulación…
No hay nada como leer a los clásicos (Torrente Ballester, verbigracia). Hoy se escriben multitud de novelas como esta, pero nada es igual. Así, nos encontramos con verdaderos tochos que sólo arañan la superficie, con personajes planos y de escasa enjundia. Porque autores del calibre de Alejo Carpentier, José María Gironella, Torrente Ballester, Múgica Laínez y muchos otros, a pesar de lo dispar de su escritura, soportan sus historias sobre un lecho de cultura inalcanzable para la inmensa mayoría de autores actuales. Y es que hoy se debe escribir diferente porque, efectivamente, nada es igual. Precisamente por eso no hay que emular al que lo borda: se corre el riesgo de quedar en evidencia, a pesar de los minutos de televisión o los artículos de prensa que la editorial compre para promocionar el libraco.

Pueblanueva del Conde es el lugar donde se desarrolla la trama, el pequeño pueblo gallego. Un discreto, casi imperceptible, narrador omnisciente nos expone las muchas vergüenzas y pocas virtudes de sus habitantes, amplia gama del escalafón social de principios de siglo XX. Valores de la época, agravados con mucho de pesimismo, provincianismo y la corrupción como sustituto del contrato social ansiado por Rousseau. Vamos, igual que hoy.

Los mismos actores:
El poder político-empresarial (me niego a separarlos porque son lo mismo si se habla de corrupción). Para colmo el señorito explotador, dueño de los astilleros, señor feudal que ejerce el derecho de pernada con la aceptación de los vasallos, burgueses o campesinos, es un señorito socialista. Genial, inconmensurable. Alegoría perfecta de gran parte de la actual clase sociopolítica de los países occidentales. ¿Hemos cambiado en algo cuando un “explotador capitalista” que circula en su deportivo descapotable deja de ser despreciable si tan solo conduce con el puño en alto y lleva un pañuelo palestino al cuello?
La jerarquía clerical. Mitras y adláteres dedicados al engrandecimiento material de su “obra”, reptando entre la oligarquía y el poder, callando cuando no se debe y actuando como titiriteros al mando de sus marionetas. Y unos creyentes que no se enteran de la misa la media. ¿No les suena?
Una burguesía cobarde y perezosa que fuerza la sonrisa ante el poder y justifica lo injustificable mientras mantenga su cómodo nivel de vida. Eso sí, dando lecciones de moralidad y ética. ¿A que resulta familiar?
Y por último unos campesinos y proletarios, que venden su dignidad, su alma y su familia a cambio de un bienestar hipotecado en forma de limosna del poder. A mí todo esto me suena.

Por otro lado, Torrente Ballester perfila los personajes de manera genial. Va exponiendo sus caracteres a lo largo de la narración. Así el lector, sin percibirlo, acaba conociendo hasta el más mínimo detalle de su vida interior. Porque las reflexiones de algunos personajes demuestran una precisión psicológica abrumadora y sirven para tejer el entramado de los intereses y deseos que forman la convivencia en Pueblanueva del Conde.

El ritmo de la historia, el mismo que marcan el comportamiento y los actos de los personajes, es pausado, no lento pero sí relajado: camino, no hay prisa por dar el otro paso, ya vendrá cuando toque. Aplatanamiento con gaita. Ritmo Malibú con orvallo.

A pesar de que el final de la novela queda claramente a la espera de continuación, por sí sola merecería ser leída.

31 de julio de 2012

Me gusta Hopper



Se cuenta de Dalí que una de las veces que salía de visitar el Museo del Prado un periodista le preguntó: “¿Maestro qué hay de nuevo?” Y pronunciando las rigurosas eses de su cerrado acento catalán contestó “Velázsquezs”

No he faltado a la cita con Hopper en el Museo Thyssen. Es muy interesante y tiene cuadros muy atrayentes. Es un pintor con talento que al tratar temas tan cercanos y comprensibles merece la pena disfrutar.
Pero me sigue gustando más la gente nueva. Como Velázquez, Miró, Botticelli, Picasso y algunos cientos más.

25 de julio de 2012

EL BESO DE LA MUJER ARAÑA (Manuel Puig)


Manuel Puig nació el 28 de diciembre de 1932 en General Villegas, un pequeño pueblo de la provincia de Buenos Aires. Un páramo, cultural y geográfico en el que desde muy pequeño se sintió atrapado contra su voluntad. Su único escape fue el cine, hasta el punto de que equivocadamente, como él mismo dijo, creyó que era su vocación. Tras abandonar sus estudios de cinematografía en Roma, trabajó tras las cámaras en varias películas hasta que por fin encontró en la escritura una verdadera motivación.
Murió en 1990 en Cuernavaca, Méjico, donde vivía con su madre.

El beso de la mujer araña es un conjunto de varios asuntos:
Por un lado una excelente tesis sobre la homosexualidad, camuflada a modo de notas a pie de página. Un compendio de diversos estudios realizados por prestigiosos autores que van desde Freud a Dennis Altman, pasando por Marcuse.
A continuación una estructura narrativa basada casi exclusivamente en el diálogo de los dos protagonistas presos en la misma celda, Luis Alberto Molina, homosexual acusado de corrupción de menores y Vicente Arregui, activista político en prisión preventiva.
Por otro lado las historias, externas a la propia trama, que Molina le cuenta a su compañero de celda cuando anochece.
Y por último la expresión de los pensamientos que casi de improviso y aparentemente de manera innecesaria, aparecen intercalados en la narración bien entrada la novela. Ya al final, el lector se da cuenta de lo imprescindible de tal recurso para el perfecto ensamblaje de toda la estructura.

Con El beso de la mujer araña, Manuel Puig denuncia la brutalidad y la impostura social, aceptadas de forma atávica. Denuncia la opresión e imposición de las ideas y pensamientos por la fuerza. Denuncia, una vez más, la soledad de las personas en medio de la vorágine. Y lo hace con una altura artística impresionante y con una capacidad de conmover arrolladora.

«—¿A tu compañera tampoco?
—Menos que menos, ella está a cargo del grupo. Ni con ella ni con nadie, me puedo comunicar. Y como tu bolero, “porque la vida no nos unirá nunca”, al pobre muchacho ya nunca más le voy a poder escribir una carta, ni decirle una palabra.
—Es “…aunque la vida no nos una nunca…”
—Nunca. Qué palabra tan terrible, hasta ahora no me había dado cuenta… de lo terrible que es… esa… pa… palabra… Perdoname.
—No, desahogate, desahogate todo lo que puedas, llorá hasta que no puedas más, Valentín.»

Finalizado el libro, llama la atención la importancia de las historias que narra Molina, películas contadas de forma troceada e informal que increíblemente ayudan al lector a comprender el acercamiento de ambos protagonistas. No parece lógico que algo ajeno a lo sustancial sirva de soporte tan fiable al resultado de la novela. Pero es que Puig utiliza con los protagonistas un lenguaje cercano y común que embauca al lector y lo hace cómplice involuntario de los sentimientos de ambos.
 
Ya estoy buscando hueco para leer otra novela de este autor.

19 de julio de 2012

NADA ES CRUCIAL, de Pablo Gutiérrez


Pablo Gutiérrez nació en Huelva (1978), estudió Periodismo en Sevilla y es profesor de literatura en Cádiz.

Pablo Gutiérrez escribe muy bonito. Lo mismo que a quien no le gusta el vino no puede ser buena persona, a quien no le gusten determinados pasajes de esta novela, no puede ser buen lector.

«Dos hermosas figurillas acurrucadas en una parada de autobús, los dedos enroscados en los dedos, los ojos enroscados en los ojos. Los suyos (los de él) son botones oscurísimos; los de ella son fugaces como insectos. Sobre su frente (la de él) flota un mechón suspendido como un paracaidista. Los rizos (los de ella) se dejan despeinar por el viento sur. Es guapo el chaval, parece un soldadito de Hazañas Bélicas: la llama roja del flequillo, la mandíbula prensada, los ojos sugeridos. La chica sólo es antifaz de rizo, ojeras excavadas, barriga esférica como un planeta, tensa como un tambor. Calza botas de piel de lobo hasta la rodilla, tiene trazo de dama de cuento, se llama Margarita o Marga o Magui. Él se llama Lecumberri o Antonio o Lecu.»

Suena bien, no me dirán que no. Pues como esto, el libro plagadito. Así uno puede leer lo que le echen. Y encima, la historia que cuenta Gutiérrez, a cuenta de malearla con ese vocabulario y con pericia, termina por resultar interesante, no muy original pero sí interesante. Dos protagonistas, moldes perfectos del abandono y la soledad, inevitablemente unidos a pesar de todo y de todos. Una extraña metáfora del poder, muy bien traída, encarnada por un señor que consagra (nunca mejor dicho) sus esfuerzos a crear un movimiento cristiano. Algunos personajes domeñados, faltos de fuerza y criterio…

Con toda probabilidad puede ser mala interpretación del lector, pero desorienta un poco la decisión del autor al elegir un narrador tan ambiguo. Lo mismo parece ser omnisciente como un personaje externo a la trama. Lo mismo toma partido hasta la soflama  como cuenta la historia  de manera casi aséptica.
No obstante Pablo Gutiérrez escribe muy bonito:

«Todas las piezas —las amarillas, las azules, las verdes— se desbaratan y caen, el bulbo raquídeo es una lámpara recalentada que se funde, Magui absorbe el narcótico del sueño y del hambre y de los huesos contraídos, la oscuridad ya no permite ver las molduras del armario rancio ni la cajita transparente ni la esquina doblada del libro, es madrugada, en el patio se extinguieron las luces blancas de la cocina y los tenedores batiendo huevos para la cena, el borde quemado de la tortilla, la radio repitiendo los números premiados en la lotería, las temperaturas mínimas, el tráfico será denso en dirección a la costa, sonaron todos los clics de todos los interruptores de todos los dormitorios, ya nada existe, ya cada párpado cerrado

Al final se cierra el círculo de la trama con cierta melancolía cargada de esperanza o al revés. A ver: cierta esperanza cargada de melancolía.

Esta gente que sabe escribir debería renunciar a su vida y dedicarse exclusivamente a la literatura. Como hicieron en su día Cansinos Assens o Torrente Ballester. Y así, parir para sus lectores y para el porvenir alguna que otra obra maestra. Porque como le oí decir a Vila-Matas, “mucha gente sabe escribir bien, lo importante es qué se cuenta”. Vargas Llosa no sabe leer una factura de la luz, de eso y de todo lo demás se encarga su señora, él se dedica a escribir.
No se puede nadar y guardar la ropa. Así no se llega, así no saldrá nada definitivo y también acabarán siendo olvidados.
Queremos más.
Vaya, he terminado con cierta melancolía cargada de esperanza, ¿o al revés?.

15 de julio de 2012

Gran defecto


«Qué extraña es la vida —ese misterioso acuerdo, de una lógica cruel, y con un propósito inútil—. Lo más que se puede esperar de ella es alcanzar cierto conocimiento de uno mismo —cosa que sucede demasiado tarde—, y con una cosecha de interminables reproches. Yo he luchado con la muerte. Es el combate menos emocionante que pueda imaginarse. Tiene lugar dentro de una impalpable neblina gris, sin nada en qué apoyarse, sin nada a tu alrededor, sin espectadores, sin aplausos, sin gloria, sin ese gran deseo de victoria, sin miedo a la derrota, en una atmósfera enfermiza llena de tibio escepticismo, sin mucha fe de tu lado, y todavía menos del de tu adversario. Si tal es la forma de la sabiduría definitiva, entonces la vida es un enigma mayor de lo que algunos creemos.»

Hojeando apuntes, papeles y libretas encontré este breve texto manuscrito con mi letra. Siempre he pecado de ser extremadamente crítico con lo que escribo. Dicho de otro modo, padezco una inseguridad supina. Gran defecto. Así, mientras iba leyendo aquellas líneas me gustaba lo que había escrito. Sin duda la idea era mía pero esa manera de escribir…, no podía dar crédito a que yo fuera el autor. Aún así no pude evitar percibir ciertas limitaciones que debía pulir con el tiempo y algo más de técnica.
Toda reflexión terminó cuando llegado al final del escrito, también de mi puño y letra, aparecía como firma: «El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad»
Por suerte ahora puedo disfrutar plenamente del excelente párrafo, al que, por cierto, ya no encuentro ningún defecto.
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